De bruces con la mentira
Por Teresa A.
(ExtraÃdo de la ponencia presentada en el marco del proyecto de investigación sobre adopción internacional).
Viajé de noche en un minibús etÃope, casi cuatrocientos quilómetros de carretera en parte en obras, en parte hecha polvo, algún trozo algo arreglada… Conocimos al responsable de servicios sociales de la zona, le dijimos que habÃamos intentado llamar al numero que figuraba en los papeles pero que nadie respondÃa, le preguntamos por la familia del niñoÂ… En ese momento no nos podÃa decir nada, pero nos llevó a la casa cuna que la ECAI tiene en esa ciudad. Allà no habÃa NADIE, y la verdad es que me pareció un lugar poco habitado, no era un lugar donde habitualmente hubiera niños. El patio estaba lleno de hierbas, y de hecho el acto de desamparamiento de mi hijo tenia la fecha de un dÃa tal y dos dÃas más tarde ya estaba en la capital, allà poco tiempo habÃa pasadoÂ…
Quedamos con el asistente social en que nos llamarÃa por la tarde. Y lo hizo. Quedamos en el hotel dónde nos alojábamos, y vino con cuatro o cinco personas. Una de ellas me la presentaron como la tÃa del niño, la madre de otro niño del grupo de adopción, un par de hombres, y una chica joven. Les di fotos de nuestra familia, trÃpticos de mi trabajoÂ… y se los quedaba esa chica, que se parecÃa mucho al niñoÂ… A un cierto punto me dijo “enséñale al niño a hacer cosas tan bonitas como las que tu haces”. Y fue entonces cuando pregunté al de servicios sociales si esa mujer era de la familia del niñoÂ… No quiso traducir mi pregunta, me dijo que hablarÃamos luegoÂ…
Luego, a solas, me dijo que era su madre, y me dijo su nombre, el mismo que salÃa en su historial.
Por suerte habÃamos quedado para el dÃa siguiente con la familia, sin asistentes sociales sin tiempo determinado, en su casa, en su terreno conocido. Allà obtuve más detalles de la historia, esos no hace falta contarlos. Ella tenÃa muy clara la decisión, estaba contenta de conocerme, por lo menos sabia con quien estarÃa su hijo. Me dieron un regalo para él, eso me alegró mucho.
Y conocà a otra madre, madre de otro niño del grupo de adopción. Otro niño que, como el mÃo, era huérfano en sus papeles. Una madre que no tenÃa más de su hijo que una foto carné en blanco y negro, una madre que me pedÃa otras fotosÂ…
El encuentro fue bonito, un verdadero regalo de la vida. Y luego hubo el otro, el reencuentro con el de servicios sociales, quizá el mas duro.
En ese encuentro oà hablar de lo que les pagan por cada grupo de niños que mandan a la capital, de las exigencias de la ecai: tantos niños cada mes o dos meses, tal y tal rango de edadÂ… Un verdadero mercadoÂ… Oà hablar de las familias que quedan allÃ, las familias biológicas, que de vez en cuando van a servicios sociales a pedir noticias de los hijos de los que nunca más sabrán nadaÂ… de sus lágrimas, de la necesidad de saber si por lo menos están vivos o muertos.
¿Quien pudo dormir esa noche?
Y todavÃa a la vuelta encontré un pediatra que trabaja en esa ciudad, alguien que oyendo mi narración se ponÃa a llorar, que me dijo que allà no tenÃan reactivos para hacer los elisa del sidaÂ… Y allà surgió otra pregunta: ¿Y los niños que salen de esa región y van a la capital y una vez allà se ve que son seropositivos? HabrÃan podido quedarse con las familias, y esas no van a saber nada más de ellos. Y ni siquiera van a tener la suerte que les desearon dándolos en adopción.