La aventura continúa

Postadopción Blog. Nadie sabe más que todos juntos.

De madre a madre

Filed under: Adop. Internacional,Adopcion interracial,Reflexiones al sol,Stephanie — Beatriz San Román a las 8:16 pm el martes, julio 1, 2008

Por S. Milla

Hace apenas una semana que conocí, por fin, a la madre de mi hija. Y ha sido una de las experiencias más importantes de mi vida. Y, sobre todo, creo que lo será también para mi pequeña. Ahora sé más sobre ella: el nombre de sus abuelos, de sus tíos. Lo que sintió su madre al tenerla. Cuánto lloró al entregarla para siempre, y también, al volver a saber de ella.

Sé que si quiere, podré darle respuestas. El nombre de su familia etíope? Lo que sintió su madre por ella, al dar a luz, al entregarla? Cuando quiera saber a quién se parece, tendrá respuestas. Podrá ir juntando las piezas de sus dos familias, recomponer una historia que cambió de rumbo un día para llevarla a otro mundo, a otro continente, sin que ella pudiera decidir al respecto.

Es curioso: al mirar a su madre, no hacía más que reconocer gestos, expresiones. Eran iguales, y a la vez, diferentes. Y cuando volví a casa, a sus brazos y a sus abrazos, veia en mi hija los rasgos de su madre. La forma de la frente? El rizo, grande y abierto, de su pelo? El ángulo de inclinación entre la nariz y la boca? La forma en que su labio superior y la nariz se curvan ligeramente hacia arriba cuando está de lado?

Al llegar a casa, dormí con ella la siesta, y al despertar, la miraba dormida y reconocía a su madre en sus rasgos. Me hizo sentir bien. Me gustó saber que en un futuro le podré decir de quién tiene su sonrisa, su forma de inclinar la cabeza un poco hacia un lado y hacia atrás cuando se ríe. Su diferencia hizo que la sintiera más cercana, más real. Mi hija es mi hija porque llevo sus rasgos grabados en el alma, y ahora que sé cuáles son sus raíces, la siento aún más mía.

Esta mañana he vuelto a ver la foto que me ha regalado su madre de su segundo cumpleaños. Es escalofriante: mi hija y su madre tienen exactamente el mismo gesto. Idéntico. Clavado. No digo los rasgos, no, sino el movimiento de la cara, ¡es un espejo! Me gusta ver esa foto. Y sé que a Madot le gustará verla, seguro, como a mí me gusta ver las fotos de mi madre cuando era niña.

No todo han sido maravillas en el encuentro. (Pero eso nos pertenece sólo a nosotras y a nuestra gente). Ver de cerca la situación de mi ?homóloga?, como la llamábamos, es muy duro. Yo no tengo la culpa de su situación, pero ella tampoco. Yo no elegí nacer donde lo hice. Ella, tampoco. Y aunque no soy responsable, me siento solidaria. Porque ella nació con las cartas marcadas. Y de no ser así, no habría dejado a su hija. Seguro.

Cuando, tiempo ha, le envíe fotos de nuestra hija, me dio reparo incluir alguna mía. No sé, sentía pudor de hacerlo. Quería que viera que su hija estaba bien, que era cuidada y querida, pero me daba algo de vergüenza ?presumir? de madre. Finalmente, incluí una imagen de las dos porque imaginé que ella también tendría curiosidad por saber quién cuidaba de su bebé. ¡Qué equivocada estaba! En un lugar privilegiado en su casa había sólo dos marcos de fotos: en uno, las imágenes de sus padres. En otro, la única foto en la que yo estaba con nuestra hija. De las más de 30 fotos que tenía, había elegido justo esa. Me alegró, y me rompió el corazón a la vez. Tras la tristeza inicial, sentí alivio: a ella le pasaba como a mí – se sentía unida a la madre de su hija.

Y es que es así como me siento: conectada a ella.

Hubo gente que me dijo que era valiente al ir a ver a la madre de mi hija. Nunca lo sentí como un gesto de valor. Para mí (y sólo puedo hablar por mí) fue algo natural. Algo fluido, parte de un proceso lógico. Es la continuación de una historia que escribimos juntas, aunque sean capítulos diferentes. Y siento que además experimentamos sentimientos muy similares, aunque los vivamos desde mundos que son universos diferentes.

Tras llegar a casa, descargué las fotos en el ordenador. Como tantas veces, mi hija se sentó en mi regazo a verlas, ¡le encanta hacerlo! Al llegar a mis fotos con su madre, ella exclamó, señalando mi imagen con el dedo, ?¡¡mamiiiiii!?. Y le dije, de corazón, ?sí, es mami, y ella es tu mami de Etiopía, la mamá que te tuvo en su barriga?. Y así es: estamos las dos, a veces llorosas, otras sonrientes, pero unidas, de la mano. Somos familia. Una familia rara, sí, pero familia.

Ella ahora no entiende lo de sus dos ?mamis?. Ni le importa. Pero me hace feliz saber que cuando lo entienda, y cuando le importe, podrá saber. Como sabrá que sus dos madres la quieren. Más que a nadie.

Filed under: Reflexiones al sol,Stephanie — Beatriz San Román a las 12:57 am el miércoles, noviembre 28, 2007

Por Stephanie Milla

Con motivo de la emisión de las noticias sobre El Arca de Zoé, las irregularidades en las adopciones en el Congo y el documental “Huérfanos en venta” de la BBC, he oído y leído a varias personas decir que los medios están desatando una ampaña “anti-adopción”.

Sinceramente, no puedo estar más en desacuerdo. La verdadera campaña anti-adopciones no es denunciar los casos que hay de robo, tráfico o compraventa de niños, sino cerrar los ojos ante
esos casos. Es indecente, deshonesto, prepotente, delictivo, ilegal, inmoral y, además, el camino más corto para cerrar las adopciones en un país. A mí eso me preocupa por los niños que, necesitándola, se quedan sin familia, no por los aspirantes a padres adoptivos. Ellos tienen opciones, incluso la opción de no adoptar. Esos niños no las tienen.

A mí no me quita la ilusión por adoptar conocer los casos de corrupción: lo que hace es indignarme profundamente y despertar en mí una furia inmensa. Yo he adoptado para ser madre de un niño que necesita una familia, no para robárselo a nadie. Y, lo siento, no me parece que la corrupción
relacionada con los niños se justifique diciendo que “la corrupción existe en todas partes”, como he llegado a leer. En primer lugar, porque aspiro a que no haya corrupción en ninguna parte, y si la hay, no quiero ser ni cómplice ni instigadora. (Ni víctima, claro está. Pero si no quiero ser víctima,
no puedo ser causante). Y en segundo y más importante, porque me sigue pareciendo que el tráfico de seres humanos, sea para prostitución, niños soldado, trabajo esclavo o adopción es un crimen muchísimo más abominable que los de naturaleza económica.

No, no me quita la ilusión conocer el lado oscuro de la adopción, sino que me abre los ojos. ¿O alguien cree que nuestros niños vienen de lugares paradisíacos? Sus historias son, por definición, historias tristes en las que ellos son víctimas de una situación familiar catastrófica, la pobreza o la simple y desgarradora desidia de sus padres. Nosotros intentamos, como padres, compensarlo, pero el inicio de sus vidas nunca es bueno. Yo quiero enmendarlo, pero no puedo borrar su pasado.

Creo que la ilusión por adoptar es perfectamente compatible con la realidad. Es más, es imprescindible para asumir de verdad, cara a cara, los retos de la adopción. No puedo dejar de pensar en los padres adoptivos de Ciryl, el bebé ruso que en el documental “Huérfanos en venta” muere ante los ojos de sus recientes padres. No sé qué hubiera hecho yo, pero algo tengo claro: quizás si hubieran tenido menos “ilusión” y más conocimiento sobre los problemas que podía presentar ese hijo, en vez de sorprenderse de que el niño comiera poco y estuviera tan apagadito, le hubieran llevado corriendo a un pediatra en vez de dedicarse a filmar su muerte en vídeo. Habrían estudiado las patologías que podía presentar, habrían tenido a mano direcciones de médicos en esa ciudad. Esa “madre” decía que quería adoptar en Rusia para tener un “niño rubio de ojos azules” (literal). Y que al ser ruso, podría ser jugador de hockey o bailarín. (de nuevo, literal). Y cuando le dan al niño, que estaba obvia y claramente enfermo, se dedica a filmarlo en vez de llevarle a un médico. Quizás no se hubiera salvado, no lo sé, pero desde luego, no se habría muerto tirado en una toalla extendida en el suelo del hotel. Y no debió sentirlo tanto como su hijo cuando lo dejó en la morgue local, que no se le ocurrió repatriar el cadáver. Eso sí, le puso un pijamita amarillo, que era más mono que dejarle sólo con el pañal. Habrían hecho menos planes de futuro, y más de presente. Y quizás, sólo quizás, el niño estaría vivo.

Es cierto que hay muchos niños adoptados que ahora juegan sanos y felices, algo que no estaban al llegar a sus nuevas familias. Pero si lo hacen es porque sus padres han puesto los medios para que se recuperen. Necesitan cariño, sí, tanto como el aire que respiran, pero también necesitan atención especializada, y son legión los padres adoptivos que lo saben y afrontan ese reto y lo superan con nota. La ilusión es imprescindible, pero sin que nos nuble el sentido porque estamos tratando con niños heridos, que son un material ultrasensible.

El color del coraz

Filed under: Adopcion interracial,Stephanie — Beatriz San Román a las 11:44 pm el jueves, septiembre 27, 2007

Por S.M.

Tras pasar dos años en mi proceso de adopción, había llegado por fin el momento: tenía mi asignación. Por fin conocía el nombre, la cara, el sexo y la edad de esa personita tan esperada: era una de dos meses y medio. Mi hija por fin tenía rostro.

Llamadas, mails, preparativos histéricos? El caos y locura habituales en estos casos, sobre todo cuando apenas tenía dos semanas para prepararlo todo. Y, sin embargo, a pesar de esa falta de tiempo, mis amigos me convencieron para ir a una fiesta a la que estábamos invitados. El reclamo era muy convincente: ?¡luego no podrás!?.

No me pude resistir a semejante argumento. La fiesta era muy cool, muy petarda, ¡y muy divertida! Así que decidí despedirme de mi vida de mamarracha social (a mucha honra, ¡que conste!) a lo grande. Me puse la melena de leona; dediqué una hora al maquillaje (una obra de arte, y esta feo que lo diga yo?) y me calcé mis sandalias más estelares, unas Valentino reservadas para los momentos más especiales. Me enhebré del brazo de mis chicos (no sólo porque quedan muy bien, sino porque los 11 cm. de tacón de aguja de las sandalias requieren algún tipo de apoyo), ¡y salí dispuesta a comerme la noche!

Pasadas dos horas, todo iba acorde a plan. Mucho champán francés, mucho petardo, muchas risas y ese punto de tontería provocado tanto por las burbujas como por la alegría de conocer a mi hija. Entonces, me encontré con Karim, un conocido marroquí. Dueño de varios restaurantes, encantador, y de esas personas que conoces de intercambiar algún saludo cortés y poco más. Sin embargo, a pesar de no tener demasiada confianza, le enseñé la foto de mi hija. ¡Como al resto de la fiesta, dicho sea de paso! Aunque en su caso, en vez de los piropos y palabras manidas habituales, hubo algo diferente.

Se quedó muy serio. Se emocionó. Y me dijo, sencillamente, ?es lo mejor que has podido hacer jamás. Lo mejor?. Me quedé asombrada. ?¿Por??. ?Yo soy adoptado. Mis padres son franceses, blancos y rubios como tú?. Aunque apenas le conocía, le confesé mi miedo más cerval. ?Me importa tu opinión, porque temo traer una niña negra a una sociedad blanca y hacerle daño. Me asusta que sufra por eso?. Se quedó callado. Me miró, me tomó la mano y me dijo, ?Dile sólo lo que me decía mi abuela: ?tú eres del color de mi corazón. Ese es tu color?.

Y aunque me temo que gestionar el racismo no será tan sencillo como eso, sé que en el futuro, se lo diré a mi hija. Y se lo diré de corazón.

P.D. Tan elaborado maquillaje resultó ser totalmente incompatible con la incontrolable llantina subsiguiente? Tanto esfuerzo para estar a la altura, y salí de la fiesta como un cruce entre un oso panda y un mapache?

El fin de la inocencia

Filed under: Reflexiones al sol,Stephanie — Beatriz San Román a las 11:00 am el lunes, noviembre 6, 2006

Por STEFANIE

No puedo decir que ésta sea una idea original mía. Es más: creo que es muy común a todos los que hemos adoptado, y que, igualmente, todos la hemos ido viviendo de forma progresiva. Me refiero a la pérdida de la ingenuidad con la que comienzas un proceso de adopción.

Al principio, pensaba que la cosa era bastante simple. Hay niños que no tienen familia, y a mí me encantaría poder dar una familia a un niño sin ella. Limpio, claro, sin dobleces. Por eso mi primer shock llegó cuando, en la reunión informativa de mi comunidad autónoma, nos explicaron que si hacía falta tanto papeleo era porque el tráfico de niños era una realidad. Parecía tan improbable? El tráfico de niños me sonaba a fines maléficos, de explotación sexual o de mano de obra esclava, de donantes vivos de órganos. No sé, algo muy alejado a lo que yo (y creo que todos los demás asistentes al curso) nos proponíamos. Y sin embargo, el tiempo me ha hecho ver que era cierto. No lo de los órganos, o la explotación o la prostitución infantil (al menos, eso espero), sino a que es tan horrible como cierto que hay un mercado de niños. Y es algo que me tiene totalmente descolocada.

He aprendido que a pesar de los millones de huérfanos que hay en el mundo, sólo una pequeña parte cumple los requisitos de la ?demanda?. Niños pequeños, sanos, sin historia conocida. A ser posible, blanquitos de piel. (Es curioso: incluso en regiones de piel oscura, el claro se sigue cotizando al alza). Y a medida que aumenta la demanda, ya aparece quien se hace cargo de encontrar oferta. Y quienes no tienen miedo a saltarse un par de reglas con tal de tener al niño soñado.

Y poco a poco, una se va enterando de cosas que no imaginaba. Casos de niños con informes falsos. Criaturas asignadas que no habían sido dadas en adopción. Países en los que hay quienes engañan a los padres con patrañas para que entreguen a sus hijos. O donde, directamente, los compran. Facilitadores que, según la cantidad de dinero que reciban, ?encuentran? niños a la medida de lo buscado. Muchos casos poco claros en los que, al final, la gente prefiere callar por el bien de los menores ? o por no arriesgarse a ser señalados con el dedo, a poner en peligro su proceso o ser los que den la nota. Y al final, te das cuenta de que sí, es verdad: el tráfico de niños existe. Y los promotores somos nosotros. Cuando pagamos. (Porque es más corrupto quien corrompe que quien se deja corromper). Cuando callamos. Cuando hacemos la vista gorda. Cuando tenemos miedo a preguntar. O incluso a responder.

Por eso, cuando amigos y conocidos se llevan las manos a la cabeza diciendo cómo es posible que se tarde tanto en adoptar habiendo tanto niño necesitado, no me queda más remedio que decir ?porque hay tráfico de niños?.

Momentos trascendentes

Filed under: Stephanie — Beatriz San Román a las 7:53 pm el jueves, septiembre 7, 2006

Por STEFANIE

?¿Qué sentiste cuando te la dieron??. Es una de las preguntas más frecuentes que me hacen sobre mi adopción. Y pienso que la gente espera una respuesta de inmensa emoción. Que la hubo. Y mucha. Pero, para mí, no ha sido la ocasión más significativa.

Me pasó algo similar cuando por fin, tras un retraso interminable de seis días sobre el resto del grupo, me comunicaron que ya podía ir a ver mi asignación. ¡Por fin! Salí corriendo, y al llegar, casi le arranco la hoja con la foto de las manos de quien la tenía. Llevaba ya una semana en estado de histeria máxima, elucubrando sobre la edad y el sexo de mi hijo, recopilando ropa para niños de dos años (el tiempo que yo le calculaba) e inmersa en una orgía de compras. Y cuando ¡por fin! vi la foto y supe quien era, el primer pensamiento que se me vino a la cabeza fue ?menos mal que no he planchado toda la ropa que cogí para el bebé??. Muy prosaico, ¿verdad?

Mi esperad@ hij@ no tenía dos años, sino dos meses y medio. Era una bebé perfecta, hermosa, más pequeña de lo que nunca había imaginado. Y yo, que siempre había soñado con que me dieran un bebé, enfrentada a la realidad sólo pensé en la plancha?

He descubierto que a los momentos trascendentes no se les puede dar cita. Llegan cuando menos te los esperas. Por ejemplo, la primera vez que mi hija lloraba en brazos ajenos, desconsolada, y se calmó en cuanto la abracé. La primera vez que se divirtió jugando con mi cara. O cuando la fui a vacunar, y de repente yo (tan lógica, fría, racional) me tuve que salir porque no soportaba ver cómo la pinchaban y notaba un hueco en el corazón. La ocasión en que se volcó la Maxi Cossi y noté cómo se me paraban los pulsos? En esas ocasiones, la sensación de ser madre me golpeó brutalmente, con una intensidad inusitada, poniéndome al día con mi nueva realidad. No fueron fechas señaladas, sino momentos que se hicieron notar.

Y dicho esto que quede claro: ¡pienso seguir celebrando cada mes el aniversario del día en que conocía a mi hija! (Y, por dentro, el del día en que por primera vez, al despertarse, dejó de llorar y me dedico su mejor sonrisa al verme asomada a su cuna. Pero esa fecha quedará entre nosotras).

Desde Addis hasta el L

Filed under: Stephanie — Beatriz San Román a las 11:28 am el jueves, agosto 31, 2006

Por STEFANIE

Con un bebé pequeño, más aún si es una criatura tan bonita como Madot, hay que acostumbrarse a que todo tipo de gente se acerque sin reparo a ella para cotillear, ver, hablar o tocarla. Mentiría si no dijera que me suele molestar. Mucho. Pero en esta ocasión fue diferente.

El hombre que se acercó a ver a mi bebé en las oficinas de Ethiopian Airlines no tenía curiosidad, sino cariño. En grandes dosis. Y además, mucha nostalgia. La miraba, y le tocaba los dedos con una suavidad y una ternura que hizo de aquella una de las pocas ocasiones en que no sólo no me molestó que se acercaran a mi hija, sino que me pareció un regalo. Tenía ese tipo de ojos de seda que no ven, sino miran. Y era con ternura con la que acariciaba la manita de mi niña.

?¿Qué tiempo tiene??, me preguntó. ?Tres meses?. ?Mi hija pequeña tiene dos, me recuerda a ella?. En ese momento, Madot se quedó dormida, borracha de sueño. ?Eso es lo que tienen que hacer ahora: dormir y dormir. Comer y dormir, nada más?. Es curioso: no me preguntó acerca de los detalles de la adopción ni similares ? el tema de conversa más obvio y recurrente – sino que hablamos de bebés. Simplemente, de bebés, no adoptados ni biológicos: sólo bebés. ?Tienes que ponerla junto a tu corazón?, me decía. ?Que te oiga, que sienta tu latido. Quererla mucho, y poner su cabecita junto a tu corazón?.

?¿Ese bebé es su única hija??, le pregunté. ?No?. Paró un momento, sin separar nunca la vista de mi niña. ?Es la más pequeña. Tengo otras dos hijas y un niño. Al principio pensamos que tendríamos otro chico, pero ha sido niña de nuevo. Y la verdad es que estoy feliz. Les quiero a todos muchísimo, pero son mis hijas quienes me han robado el corazón. Nunca se lo digo, pero ellas son mis favoritas?.

?Están en el Líbano?, me dijo. Entendí el porqué de su nostalgia. El bombardeo de Beirut había comenzado dos días antes.. ?Mi mujer dio a luz allí, y han volado el aeropuerto, mi familia no puede salir. Y tampoco puede ir a casa de mi madre: han volado el puente que lleva a su parte de la ciudad. Ahora estoy intentando ver cómo puedo llegar hasta ellas?.

No se puede decir nada en estos casos. ¿Desear buena suerte? ¿Decirle que todo se arreglará, que no se preocupe? Me hubiera parecido un insulto. Tan sólo se puede escuchar. ?Nosotros vivimos en Sudáfrica?, me explicó. ?Y habíamos ido a Beirut para que nuestra hija naciera allí. Y ahora ha pasado esto, y yo estoy fuera?.

En ese momento, llegó nuestro turno, y poco después el suyo. Nos mirábamos de lado a lado, y nos sonreíamos. El seguía mirando a la niña, siempre con esa ternura infinita. Acabamos nosotros primero, y nos despedimos con un abrazo. De los de verdad. Al final, volvió a darme el mismo consejo. ?Ponla junto a tu corazón, abrázala y que te oiga latir?.

Volvimos a vernos unas horas después. ?¿Qué ha pasado??, le pregunté. ?No hay muchas opciones. O bien intento llegar a Chipre, y de allí a Beirut en barco, o bien vuelo a Damasco, y desde allí voy por tierra hasta el Líbano?. No pude evitar recordar ese desierto libio en el que había estado hace apenas nueve meses. Un territorio totalmente plano, pedregoso, árido, donde cualquier coche que pasa se convierte en un blanco tan vulnerable como un pato en una caseta de tiro de una feria. Tan peligrosa parecía una opción como la otra.

?Me lo voy a pensar esta noche. Necesito consultarlo con la almohada?. Tenía la mirada aún más triste. Pero lo peor de todo era saber que su caso era tan sólo una más de las desgracias que se encarnaban en cada familia de Oriente Próximo en ese momento. Es la que yo conocí, pero sólo una más. Sin embargo, él, como yo, tenía una niña de tan sólo unos meses que tan sólo necesitaba comer, dormir ? y sentir el latido de un corazón.

Al día siguiente nos lo volvimos a encontrar. No quería preguntarle qué había decidido, no me atrevía. El me sacó de dudas. ?He hablado con mi familia. No quieren que intente ir, es peligroso. Me vuelvo a Sudáfrica, y desde allí veré cómo les puedo sacar?. Sólo quedaba desearle suerte. Nos volvimos a abrazar: no tenía sentido darse la mano, hubiera sido demasiado frío. Con sus manos sobre mis brazos, me lo repitió antes de irse: ?Ponla sobre tu corazón, ponla sobre tu corazón?.

Desde entonces, lo he intentado hacer al menos una vez al día. Y siempre, siempre, siempre me he acordado de él. No sé su nombre. No sé que le habrá pasado a su familia. A medida que las escaramuzas se convertían en guerra, y que se alargaban los días del horror, me sentía culpable por desear que a ellos no les hubiera pasado nada, como si las otras víctimas fueran menos víctimas simplemente por no conocerlas. Sin embargo, no podía dejar de confiar, con todas mis fuerzas, en que no les pasaría nada. A su madre, a su mujer, a sus dos hijas, a su hijo y a esa pequeña de dos meses que ponía contra su pecho. Nunca sabré si están bien o no, y no sé si me alegra o entristece no tener noticias.

Unas semanas después, al caer la tarde, tuve uno de esos momentos de paz que son oro puro. Reclinada en una tumbona, con el sol del atardecer, que calienta y acaricia sin quemar, puse a mi bebé contra mi corazón, siempre pensando en él y en su hija de dos meses. Mi niña tenía su cabecita casi bajo mi barbilla, y mi mano, puesta en su espalda, la cubría por completo. Ella estaba relajada, tranquila, con ese abandono absoluta que los niños tienen a veces. Despierta, pero totalmente desmadejada, adaptada a mi cuerpo, encontrando acomodo en cada curva, en cada recodo. Yo sólo quería que ella oyera mi corazón. Y, de repente, noté el suyo. No lo oí, sino que lo sentí a través de la piel. Un latido más rápido, más acelerado que el mío, que cruzaba de una a otra. Y de nuevo me acordé de él, de mi amigo libanés. Ojalá estén todos bien.

Es curioso: de mi viaje a Etiopía me llevo muchos nombres y casi los mismos números de teléfono y direcciones de e-mail, pero nunca supe el suyo. Ni él el mío. Y sin embargo, ahí está, por y para siempre.

Filed under: Stephanie — Beatriz San Román a las 11:37 am el jueves, julio 27, 2006

Por STEPHANIE

<img id="image15" src="http://blog.postadopcion.org/files/2006/07/membrillinas.jpg" “Stephanie y Madot”

Por fin ya me he recuperado como para ponerme un ratito ante el ordenador para contaros algo. Si he de ser sincera, no ha sido por falta de tiempo, porque la niña es una delicia que realmente me lo pone muy fácil. Come sin problemas, duerme, sonríe, gorjea, ensaya grititos y ruidos, se mete la mano en la boca(metiéndose de paso el dedo en el ojo) y sigue durmiendo.

Lo que me ha consumido estos días ha sido una pereza inmensa. Los nervios de la preasignación, los preparativos del viaje, la estancia en Addis? Cuando llegué a casa, sólo quería estar tranquila. Preferentemente, tirada en el sofá. El primer día sufrí una invasión de visitas y llamadas, ¡como le ha pasado a todo el mundo! Reaccioné más o menos pronto, y tras ponerme algo borde, me encerré en casa para disfrutar de esa calma que tanto necesitaba. Creo que no soy la única que ha necesitado ese respiro: ¡todas las que ya han vuelto con sus hijos me han dicho lo mismo! Por tanto, aviso a las que vienen por detrás: al regreso, cread barricadas, convertid a amigos en guardias de seguridad y no dudéis hasta en ser algo maleducadas si queréis tener algo de paz. Que no pasa nada por esperar unos días ? o unas semanas ? para que conozcan a vuestros pequeños, que al fin y al cabo, son para toda la vida.

Mis sentimientos maternales están llegando de forma gradual. Por un lado, sigo sin dar crédito de tener una bebota tan perfecta. Me preparé para un niño más mayor, con problemas de vinculación y de salud, y me he encontrado con un bebé de ensueño. ¡Creo que aún no me hago a la idea! Se deja besar, achuchar, apretar, duerme como un lirón, come sin problemas? Es increíble. Me tengo que contener para ser sensata y no tenerla en brazos todo el tiempo, que es lo que me pide el cuerpo ? ¡y que ella se deja hacer feliz!.

Quizás por lo fácil que me lo pone, aún me cuesta un poco acostumbrarme. En Addis Abeba sólo tenía que ocuparme de ella, pero al llegar a casa, he caído en viejos vicios. Me sigo acostando tarde; creo que tardo lo mismo en arreglarme para salir a la calle que antes; se me olvida comprar agua mineral para los biberones; creo que el tiempo me va a cundir igual que antes? Pero tampoco me preocupa nada: sé que pura cuestión de tiempo y de crear nuevas rutinas. Vamos a concedernos estos momentos y dejar que todo fluya.

Os confieso que incluso pensé que aún no me sentía especialmente maternal porque me notaba muy tranquila, muy relajada, y hasta me molestaban tonterías como que me interrumpiera cuando estaba leyendo. Sin embargo, hoy la he llevado a vacunar y me he descubierto a mí misma convertida en un ser histérico, incapaz de ver cómo le metían tres ¡enoooooormes! agujas a mi pequeña. Yo, que nunca le he tenido miedo a nada, me he pillado huyendo e incapaz de ver cómo la pinchaban. Es más: me avergüenza decir ¡que casi me echo a llorar! Pelín patético, lo confieso.

Quizás todavía tenga que procesar demasiadas emociones. Por un lado, el viaje a Addis. El encuentro cara a cara con la miseria descarnada (la ciudad es tremenda, pero salir al campo, con niños de 5 años cuidando del ganado; niñas de 4 con sus hermanos cargados a la espalda; mujeres acarreando montones de leña tres veces más grandes que ellas; hombres arando una tierra tan fértil con dos bueyes famélicos y un arado de leña?), con la pobreza más abyecta es muy dura. Tras el shock inicial, me dí cuenta que era capaz de enfrentarme mejor a ella mirándole cara a cara. No le retiré la mirada a los mendigos, y a la legión de niños que piden a la puerta del hotel les pregunté su nombre y hablé con ellos. No lo sé: fue duro, pero más fácil de llevar que ignorarlos. Aunque aún no sé que es peor: si ver a niños de apenas 4 años ya encallecidos, con la mirada más dura que he visto jamás, o una niña de once que vuelve a ti no a por más comida (en vez de dar dinero, compramos paquetes y paquetes de galletas y cacahuetes), sino a por otra caricia. A los cuatro días, cuando de repente me encontré rodeada de ellos y chillándole al más mayor porque se había quedado con las galletas del pequeño, pensé que me había acostumbrado a esta situación, pero fue sólo un lapso. Al día siguiente, otra mirada de niño, o un leproso, o un joven con una mano con nueve dedos, te rompe en dos, te quiebra y te deja indefensa. Aunque lo peor era estar en un taxi con mi niña, tan bonita, tan preciosa, y que en la ventana apareciera una adolescente de apenas 14 años con un bebé como el tuyo colgado a la espalda, aún chupando de su flaca teta. El biberón de la noche era tremendo: tenía que volver la cabeza para no mojar a mi niña con las lágrimas que caían imparables.

Aún lloro a veces al recordar algunas imágenes. Y me alegro. No quiero acostumbrarme nunca a nada parecido. Quiero que me duela. Quiero enfadarme. Quiero que me impulse a hacer cosas. Y me niego a que me parezca normal o inevitable. Creo que conocer ese tipo de pobreza puede ser un regalo si me sirve para resituarme en el mundo. Ayuda a relativizar todo y centrarse en lo básico y esencial. Te lleva directamente al esqueleto de la vida, y te quita mucha tontería.

Frente al horror, no faltan historias enormes, de una dignidad ejemplar. Por ejemplo, la de la española que totalmente sola ha montado un orfanato en las afueras de Zway y que saca adelante a 30 niños con sus manos. O nuestro taxista, Berhanu, decidido a que su única hija sea doctora. La de la encargada de la peluquería del hotel, una madre soltera en Africa que saca adelante a su hijo de 12 años a pesar del estigma social que supone serlo; el de uno de nuestros representantes, Teddy, que ha recuperado la casa que confiscaron a su familia hace 20 años tras asesinar a su padre para crear un orfanato para niños y para ancianos; o a Gil Losada, fundador y alma de Global Infantil, ONG española que tiene un hospital / clínica / escuela / orfanato para 104 niños, desde lactantes hasta chicos de 20 años a los que cría, cuida y educa hasta darles una formación profesional, y que está construyendo ahora otro en Harar, una de las zonas de sequía que tan tristemente famosa hace a Etiopía cuando les azotan las hambrunas regulares. (Podéis ver lo que hace o echar una mano en la página www.globalinfantil.com )

Muchos de nuestros hijos e hijas vienen de zonas igualmente pobres. Para mí, es un motivo más de compromiso con el país de mi hija y con lo que allí he visto.

Sin embargo, he de decir que a pesar de las lágrimas y de la conmoción, los días en Addis fueron especiales porque se convirtieron en una burbuja donde no tenía más que ocuparme de mi pequeña. (Una buena amiga se encarcó de recordarme lo especial de ese momento) No había compromisos familiares ni sociales, ni tareas que cumplir, ni trabajo del que preocuparse: quise disfrutar de cada momento para ir conociéndonos sin estrés, sin mirar el reloj, para ir viviendo las cosas tal y como venían. Me encontré acostándome a las nueve de la noche por primera vez en mi vida o haciendo el vago desde el bibe de las seis hasta el de las once (¡qué placer!). Y además, tuve la inmensa, enorme suerte de llevar al acompañante perfecto, alguien que hizo lo más difícil: no cuidó al bebé, sino a mí. Una persona que llevó gran parte de la carga, tanto física (¡esas maletas, ese bolso lleno de cosas!) y emocional. Os confieso que me ha costado un pequeño disgusto familiar no llevar conmigo a mi hermana o a mi madre, pero tomé la decisión correcta. Ellas decían que así me ayudarían con el bebé, pero lo cierto es que ellas tendrían que haber conocido a la niña poco a poco al igual que yo. Y esa tarea me correspondía a mí. Sólo cuando ya estableciéramos contacto podríamos empezar a abrirnos al resto de la familia, como de hecho ha sucedido. Ha sido importante, tanto para ella como para mí, que al llegar a España ella pudiera estar tranquilamente en brazos de otros, pero volverse al oír mi voz.

Como veis, al volver aún quedan muchas cosas que tripear y asimilar. ¿Es de extrañar que se necesite tiempo de tranquilidad al llegar?