La aventura continúa

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De madre a madre

Clasificado bajo: Adop. Internacional, Adopcion interracial, Reflexiones al sol, Stephanie — Beatriz S.R. a las 8:16 pm el Martes, Julio 1, 2008

Por S. Milla

Hace apenas una semana que conocí, por fin, a la madre de mi hija. Y ha sido una de las experiencias más importantes de mi vida. Y, sobre todo, creo que lo será también para mi pequeña. Ahora sé más sobre ella: el nombre de sus abuelos, de sus tíos. Lo que sintió su madre al tenerla. Cuánto lloró al entregarla para siempre, y también, al volver a saber de ella.

Sé que si quiere, podré darle respuestas. El nombre de su familia etíope… Lo que sintió su madre por ella, al dar a luz, al entregarla… Cuando quiera saber a quién se parece, tendrá respuestas. Podrá ir juntando las piezas de sus dos familias, recomponer una historia que cambió de rumbo un día para llevarla a otro mundo, a otro continente, sin que ella pudiera decidir al respecto.

Es curioso: al mirar a su madre, no hacía más que reconocer gestos, expresiones. Eran iguales, y a la vez, diferentes. Y cuando volví a casa, a sus brazos y a sus abrazos, veia en mi hija los rasgos de su madre. La forma de la frente… El rizo, grande y abierto, de su pelo… El ángulo de inclinación entre la nariz y la boca… La forma en que su labio superior y la nariz se curvan ligeramente hacia arriba cuando está de lado…

Al llegar a casa, dormí con ella la siesta, y al despertar, la miraba dormida y reconocía a su madre en sus rasgos. Me hizo sentir bien. Me gustó saber que en un futuro le podré decir de quién tiene su sonrisa, su forma de inclinar la cabeza un poco hacia un lado y hacia atrás cuando se ríe. Su diferencia hizo que la sintiera más cercana, más real. Mi hija es mi hija porque llevo sus rasgos grabados en el alma, y ahora que sé cuáles son sus raíces, la siento aún más mía.

Esta mañana he vuelto a ver la foto que me ha regalado su madre de su segundo cumpleaños. Es escalofriante: mi hija y su madre tienen exactamente el mismo gesto. Idéntico. Clavado. No digo los rasgos, no, sino el movimiento de la cara, ¡es un espejo! Me gusta ver esa foto. Y sé que a Madot le gustará verla, seguro, como a mí me gusta ver las fotos de mi madre cuando era niña.

No todo han sido maravillas en el encuentro. (Pero eso nos pertenece sólo a nosotras y a nuestra gente). Ver de cerca la situación de mi “homóloga”, como la llamábamos, es muy duro. Yo no tengo la culpa de su situación, pero ella tampoco. Yo no elegí nacer donde lo hice. Ella, tampoco. Y aunque no soy responsable, me siento solidaria. Porque ella nació con las cartas marcadas. Y de no ser así, no habría dejado a su hija. Seguro.

Cuando, tiempo ha, le envíe fotos de nuestra hija, me dio reparo incluir alguna mía. No sé, sentía pudor de hacerlo. Quería que viera que su hija estaba bien, que era cuidada y querida, pero me daba algo de vergüenza “presumir” de madre. Finalmente, incluí una imagen de las dos porque imaginé que ella también tendría curiosidad por saber quién cuidaba de su bebé. ¡Qué equivocada estaba! En un lugar privilegiado en su casa había sólo dos marcos de fotos: en uno, las imágenes de sus padres. En otro, la única foto en la que yo estaba con nuestra hija. De las más de 30 fotos que tenía, había elegido justo esa. Me alegró, y me rompió el corazón a la vez. Tras la tristeza inicial, sentí alivio: a ella le pasaba como a mí - se sentía unida a la madre de su hija.

Y es que es así como me siento: conectada a ella.

Hubo gente que me dijo que era valiente al ir a ver a la madre de mi hija. Nunca lo sentí como un gesto de valor. Para mí (y sólo puedo hablar por mí) fue algo natural. Algo fluido, parte de un proceso lógico. Es la continuación de una historia que escribimos juntas, aunque sean capítulos diferentes. Y siento que además experimentamos sentimientos muy similares, aunque los vivamos desde mundos que son universos diferentes.

Tras llegar a casa, descargué las fotos en el ordenador. Como tantas veces, mi hija se sentó en mi regazo a verlas, ¡le encanta hacerlo! Al llegar a mis fotos con su madre, ella exclamó, señalando mi imagen con el dedo, “¡¡mamiiiiii!”. Y le dije, de corazón, “sí, es mami, y ella es tu mami de Etiopía, la mamá que te tuvo en su barriga”. Y así es: estamos las dos, a veces llorosas, otras sonrientes, pero unidas, de la mano. Somos familia. Una familia rara, sí, pero familia.

Ella ahora no entiende lo de sus dos “mamis”. Ni le importa. Pero me hace feliz saber que cuando lo entienda, y cuando le importe, podrá saber. Como sabrá que sus dos madres la quieren. Más que a nadie.

De bruces con la mentira

Clasificado bajo: Adop. Internacional, Historias personales, ORIGENES, adopcion-y-etica — Beatriz S.R. a las 1:55 am el Viernes, Marzo 28, 2008

Por Teresa A.
(Extraído de la ponencia presentada en el marco del proyecto de investigación sobre adopción internacional).

Viajé de noche en un minibús etíope, casi cuatrocientos quilómetros de carretera en parte en obras, en parte hecha polvo, algún trozo algo arreglada… Conocimos al responsable de servicios sociales de la zona, le dijimos que habíamos intentado llamar al numero que figuraba en los papeles pero que nadie respondía, le preguntamos por la familia del niño… En ese momento no nos podía decir nada, pero nos llevó a la casa cuna que la ECAI tiene en esa ciudad. Allí no había NADIE, y la verdad es que me pareció un lugar poco habitado, no era un lugar donde habitualmente hubiera niños. El patio estaba lleno de hierbas, y de hecho el acto de desamparamiento de mi hijo tenia la fecha de un día tal y dos días más tarde ya estaba en la capital, allí poco tiempo había pasado…

Quedamos con el asistente social en que nos llamaría por la tarde. Y lo hizo. Quedamos en el hotel dónde nos alojábamos, y vino con cuatro o cinco personas. Una de ellas me la presentaron como la tía del niño, la madre de otro niño del grupo de adopción, un par de hombres, y una chica joven. Les di fotos de nuestra familia, trípticos de mi trabajo… y se los quedaba esa chica, que se parecía mucho al niño… A un cierto punto me dijo “enséñale al niño a hacer cosas tan bonitas como las que tu haces”. Y fue entonces cuando pregunté al de servicios sociales si esa mujer era de la familia del niño… No quiso traducir mi pregunta, me dijo que hablaríamos luego…

Luego, a solas, me dijo que era su madre, y me dijo su nombre, el mismo que salía en su historial.

Por suerte habíamos quedado para el día siguiente con la familia, sin asistentes sociales sin tiempo determinado, en su casa, en su terreno conocido. Allí obtuve más detalles de la historia, esos no hace falta contarlos. Ella tenía muy clara la decisión, estaba contenta de conocerme, por lo menos sabia con quien estaría su hijo. Me dieron un regalo para él, eso me alegró mucho.

Y conocí a otra madre, madre de otro niño del grupo de adopción. Otro niño que, como el mío, era huérfano en sus papeles. Una madre que no tenía más de su hijo que una foto carné en blanco y negro, una madre que me pedía otras fotos…

El encuentro fue bonito, un verdadero regalo de la vida. Y luego hubo el otro, el reencuentro con el de servicios sociales, quizá el mas duro.

En ese encuentro oí hablar de lo que les pagan por cada grupo de niños que mandan a la capital, de las exigencias de la ecai: tantos niños cada mes o dos meses, tal y tal rango de edad… Un verdadero mercado… Oí hablar de las familias que quedan allí, las familias biológicas, que de vez en cuando van a servicios sociales a pedir noticias de los hijos de los que nunca más sabrán nada… de sus lágrimas, de la necesidad de saber si por lo menos están vivos o muertos.

¿Quien pudo dormir esa noche?

Y todavía a la vuelta encontré un pediatra que trabaja en esa ciudad, alguien que oyendo mi narración se ponía a llorar, que me dijo que allí no tenían reactivos para hacer los elisa del sida… Y allí surgió otra pregunta: ¿Y los niños que salen de esa región y van a la capital y una vez allí se ve que son seropositivos? Habrían podido quedarse con las familias, y esas no van a saber nada más de ellos. Y ni siquiera van a tener la suerte que les desearon dándolos en adopción.

Mamá, ¿por qué lo hiciste?

Clasificado bajo: Adop. Internacional, Adopcion interracial, Historias personales, ORIGENES, abandono, dolor — Beatriz S.R. a las 12:00 pm el Miércoles, Marzo 19, 2008

(Hace poco, en una conversación sobre los duelos en la adopción, M. escribía lo siguiente. Con su permiso, lo reproduzco porque creo que muchos vemos en las cuitas de sus hijas reflejadas las de los nuestros)

Yo, que en esto de la adopción aprendo cada día, solo puedo decir lo duro que está siendo para ellos. Y a medida que crecen y son conscientes de lo que tienen aquí, son también más conscientes de que no saben –y lo que es peor, lo que nunca llegarán a saber– y lo que se perdieron allí.

Estos son algunas de las dudas que me plantean mis hijas (estamos teniendo un año de lo más… ¿profundo?), de 9 y 8 años y medio. Mi hijo pequeño todavía no plantea mucho, no se si porque es niño (las mujeres somos más “rebuscadas”), si por la edad –cumple 7 en un mes– o porque hace menos de tres que llegó a nosotros.

– Mamá, ¿tú lo harías?–. Se refiere a si la abandonaría. Esta es la primera pregunta de la mañana, un día cualquiera al despertarse.
- Mamá, estoy muy contenta de la familia que tengo, pero no puedo dejar de pensar en como debe ser mi familia de China… ¡Seguro que estupenda también!

Algunas veces, desde la cama, las he oido llorar. Les pregunto que es lo que les pasa, y su respuesta es única: “Estaba pensando en mi madre de China, y le hago una pregunta, una pregunta que tu no puedes responderme”. Después de insistir, me acaba haciendo la pregunta a mí: “Mamá (la de China) ¿porqué lo hiciste?”

Un día, estábamos viendo un anuncio de un programa de televisión, en el que solicitaban que se pidieran tres deseos. Mi hija contesta rápidamente:
– Mis tres deseos son:
1) Volver a la India
2) No hacer más terapia (hace diariamente una terapia de maduración visual)
3) Que no se destruya más la capa de ozono.

– ¿Y por qué quieres volver a la India?
– Para no ser diferente. Soy diferente, porque soy negra y vosotros sois blancos. Si estoy en la India, con mi familia India, todos seremos negros.

Otro día:

- Mamá, ¿me acompañaras a la India a buscar a mis padres de allí? Es que no quiero ir sola, y además, quiero que tú también los conozcas.

Hoy mi hija E., ha hecho un dibujo a su padre. En grande y en el centro: “Feliz día del Padre, Papá”. A la derecha, abajo y en pequeño: “Feliz día también para mi padre de China”.

Intento ponerme en la piel de mis hijas cada día. Solo saben que perdieron algo. No saben ni porqué, ni que es lo que perdieron. Y esa incógnita les perseguirá siempre. Algunos afortunados quizás lleguen a saber algo más, pero la mayoría se quedarán sin saber poco más de lo que nosotros les contemos.

“Los niños tienen una historia”

Clasificado bajo: Historias personales, ORIGENES — Beatriz S.R. a las 11:43 pm el Sábado, Febrero 2, 2008

Con permiso de su autora, reproduzco un mensaje de una madre amiga que me ha encantado. Habla de un camino que muchos padres hemos hecho, y que nuestros hijos también van haciendo poco a poco: el de entender que su historia es una, y no empieza cuando nos conocieron

En un principio, antes de adoptar a mi hijo e incluso estando ya con él, creía que los niños adoptados tenían dos historias: la de antes y la de después (de su adopción). Pensaba “bien, ahora vamos a empezar la nuestra…”. Pero no, nuestra vida juntos continúa algo que empezó antes, muchas veces años antes.

Los niños tienen una sola historia, la suya, que con más o menos ayuda tendrán que ir integrando.
Aunque he tenido mis dudas, ahora lo veo clarísimo con mi hijo. Desde que llegó, él habla de volver a su país y su pueblo natal. En un principio, a mi no me quería llevar en ese viaje. Se llevaba a sus abuelos, sus tios, sus primos, pero a mí no. Luego, pasado un tiempo, me incluía algunas veces, aunque algunas de esas veces se quedaba pensativo, y luego me decía que no, que yo me quedara aquí esperándole.

Y hace unos días, mientras jugaba con un teléfono móvil, me dijo: “mira tengo un mensaje que dice que tú me vas a llevar allí”. Le comenté la suerte que teníamos, y empezamos a dicutir por los países por los que habría que pasar. Y entonces me pasó el teléfono, mientras me decía “ponte, es mi otra madre, que quiere hablar contigo”

“Mi marido es adoptado”

Clasificado bajo: Historias personales, ORIGENES, abandono, dolor — Beatriz S.R. a las 1:42 pm el Viernes, Enero 25, 2008

El texto que aparece bajo estas líneas ha sido enviado como comentario a este otro post antiguo

Yo puedo dar mi punto de vista de mujer de adoptado que está pasando los 6 meses más dificiles de su matrimonio despues de llevar juntos más de 8 años. Sin duda todo es por la carga emocional que tiene mi marido por ser adoptado, y que por varias experiencias emocionales fuertes en estos meses le están afectando terriblemente y, como no, a los que le rodeamos.

Escribo en esta sección al haber visto el caso de Javier, que se enteró siendo adulto, el de mi marido es similar. No se enteró que era adoptado hasta los 18 años. Se lo dijeron mis suegros un día tal que “pásame la mantequilla…te tengo que decir algo…siéntate…eres adoptado”. Unos meses antes habían decidido dejar la casa y la ciudad donde vivían para irse a vivir al campo, por lo que él se tenía que quedar solo. En unos meses sufrió el saber que su madre biológica le había abandonado…y, después, sus padres adoptivos de alguna manera también.

Nunca ha preguntado nada ni mis suegros le han contado nada. Es un tema tabú. Cuando nos casamos vio el nombre de sus padres biológicos en la partida de nacimiento, pero tiró el documento rápidamente en cuanto tuvo la informacion necesaria.

En el ultimo año y medio hemos pasado por unos cambios muy radicales en nuestra vida: dos hijos, cambio de casa, mis suegros son ancianos y han estado ambos con problemas de salud algo importantes… Mi marido siempre tiene la ilusion de que vendrán a vivir con nosotros pero, aunque él no quiera verlo, solo le piden ayuda cuando necesitan que les haga papeles del banco, que les lleven y les traigan…mi suegra no vino a conocer a nuestra hija cuando nació en verano ni tampoco a su bautizo. La tuvo que obligar mi marido a verla el día que la trajo a una operacion de espalda, pero ella ni se digno a salir del coche. En navidades pasamos unos días con ellos, pero ella no se dignó a cenar con nosotros porque está enferma (aunque sí se levanta para dar de comer a sus gatos). Eso sí, como han hecho con mi marido siempre, al final de las celebraciones habia un cheque de una cantidad para mi gusto indecente para que comprásemos regalos a los niños.

Mi marido nunca ha hablado ni habla de lo que siente por ser adoptado, con los “problemas”que ello pueda conllevar. Creo que tuvo que verse de nuevo ‘abandonado’ cuando mis suegros le dejaron, y que en esta etapa le gustaría que sus padres disfrutaran de nuestros hijos… pero le están abandonando una vez más….

Se habla mucho de los niños pero ¿y cuando es un adulto el que está sacando ahora todos los traumas que tiene y se siente de nuevo abandonado, él y sus hijos?

Esos traumas los está proyectando en los que le queremos y estamos a su lado. A mis padres y a mi hermana, les explico que se pone así con ellos porque en el fondo les quiere con locura y se pone a la defensiva atacandoles pero todo todo tiene un límite…. Yo que vivo con él el día a día, estoy llegando también a mi límite. Le quiero y quiero que esto salga y salga bien…Que seamos de verdad una familia… Algo que él tiene que entender qué es y lo que significa.

El círculo de la adopción

Clasificado bajo: Historias personales, Reflexiones al sol, adopcion-y-etica — Beatriz S.R. a las 11:24 pm el Martes, Enero 15, 2008

Por Xavier G.

Empecé la aventura de la adopción convencido de que era indispensable un conocimiento previo del país de origen de mi futuro hijo. El entender su cultura y filosofía de vida debía servir de herramienta para elaborar nuestro futuro juntos.

Un 2 de noviembre de hace tres años viajé a Katmandú, entrando de lleno en el mundo de las adopciones. Con la maleta llena de ilusión, con las mejores intenciones y conociendo el país. Aunque me creía preparado, no alcanzaba a ver la complejidad del camino que estaba emprendiendo. Intencionadamente escapé de los circuitos establecidos, escogí una adopción libre y directa sin involucrar ECAIs u otros intermediarios. El camino era más complejo. Las vías oficiales no ven con buenos ojos a quien escapa de sus redes, desaconsejan vivamente esa opción argumentando los peligros que acechan. Yo estaba firmemente convencido de que, ocupándome en primera persona de seguir todos los pasos de la adopción, me aseguraría de que ésta fuera transparente y limpia.

Saber donde nació mi hija, su origen étnico, la composición de su familia, su idiosincrasia, asegurarme y comprobar que los datos aportados (su orfandad y abandono de la familia extensa) eran verídicos fueron una de las prioridades. Rastrear su ingreso en la fundación en la que vivió diversos años era de vital importancia. Una vez asentadas las bases, reconocido y comprobado su pasado, creía (como la mayoría de adoptantes) que con amor y afecto todo se podía superar. El pasado era eso, simplemente pasado.

Recuerdo el primer encuentro como entrañable y sencillo. Tomando un masala (té con leche) en la fundación, ella se acercó mirándome fijamente. Me dijo: “Namaste”. “Namaste”, respondí. Empezamos el camino juntos, día a día nos descubríamos y vinculábamos, día a día ella se convertía en mi hija y yo en su padre. Día a día nos “adoptamos” mutuamente.

Pasé nueve largos meses en su país, aprovechando para indagar sobre lo que me parecía fundamental: reconstruir junto a su familia sus orígenes y su historia antes de que entrara formar parte de mi vida. Conocer el lugar donde nació, donde se crió, cuáles fueron sus primeros pasos en la vida, saber el porqué de su orfandad. Quería saber toda su historia, consciente de que ésta debía servir como vehículo de integración a nuestro mundo. En medio de la búsqueda de sus orígenes, seguían papeleo y burocracia interminables, a veces agotadores. La esperanza y la impotencia hacían contrapeso a la alegría cotidiana de ver reforzarse nuestro vínculo. Ella no era ajena a toda esa incertidumbre, sufriendo ante la lentitud del proceso y rezando a sus dioses para que los “papeles” llegaran. Su expediente de adopción estuvo apilado durante meses en la estantería de un ministerio gubernativo corrupto e insensible, ajeno a la realidad de cientos de niños de la calle y orfanatos. El país que había aprendido a amar, me mostraba su lado más oscuro.

Tras meses de tensión y espera y, finalmente, un día monzónico, mi hija pudo embarcar en el avión con destino hacia su nuevo hogar. Días más tarde, un salvoconducto me permitía dejar el país donde había visto florecer a mi hija. En el camino quedaban alegría y llanto por una cultura, una filosofía y unas gentes que habían conquistado mi corazón. En ese momento creía que el círculo de la adopción se había completado.

Hoy, tres años después de ese primer encuentro, me enfrento a una nueva realidad: el círculo sigue abierto. Siento el peso de las incógnitas que planean sobre nuestros hijos ensombreciendo su futuro, la impotencia ante todas esas vidas arrancadas. Las dudas y preguntas, ¿realmente estaba preparado y comprendía el significado de la adopción? ¿Somos conscientes, al comenzar el camino, de lo que supone despojar a todos esos niños de su pasado sin saber nada, o muy poco, sobre sus orígenes, ni sobre la veracidad de esas historias? ¿No los abandonamos a la soledad en esta sociedad nuestra llena de contradicciones e incoherencias? Un lugar donde siempre habrá alguien que les recuerde que son diferentes y los señale por el exotismo de sus rasgos o el color de su piel…

Hoy, tres años después, me siguen asaltando las dudas, no sobre sus orígenes ni sobre su historia, que me preocupe en comprobar y conocer. Las dudas son de carácter ético ¿Fue una adopción todo lo transparente y limpia posible? ¿O también, de alguna manera, pertenece al mercadeo de esta industria lucrativa? Hoy mis dudas van en otra dirección. Reflexionando me pregunto si la adopción es el camino idóneo para restablecer el equilibrio entre nuestro mal llamado “primer mundo” y ese denostado tercer mundo. ¿No seremos los nuevos colonos expansionistas del siglo XXI? ¿No será la adopción internacional otro acto más de egoísmo que engendramos en esta vida?

Por otro lado, ¿qué hacer con toda la información obtenida? ¿Archivarla, completando el álbum de fotos? ¿Pasar página y dar por concluido el capítulo, hojeándolo cada año, como las viejas fotos de vacaciones familiares? ¿Cómo emplear toda esa información para que no se pierda, para que sirva de instrumento en la formación de la identidad de nuestros hijos? Hay que evitar caer en el error de dejarla en el álbum solo para nuestra gratificación personal, para recordarnos que hicimos “lo correcto”. ¿Cómo transmitir a nuestros hijos sus orígenes, su cultura, su país, en una sociedad que continuamente aniquila lo diferente? ¿Como enseñar a nuestros hijos a querer, respetar y enorgullecerse de su pasado? Cada vez hay mas adoptantes que se preocupan por conocer las historias de sus hijos, evitando el error de ignorarlo o menospreciarlo. Aun así…¿estamos a la altura? ¿Como encajar esas piezas del puzle en sus vidas? Incluso con nuestras mejores intenciones como padres ¿podremos luchar contra la presión de una sociedad poco preparada para entender y respetar la diferencia y la idiosincrasia de nuestros hijos y de su pasado?

¿Somos conscientes que este círculo jamás se completará y de que deberemos seguir haciéndonos preguntas y dudando sobre las vidas arrancadas de nuestros hijos? Para proteger su identidad debemos, a veces, cuestionarnos cosas dolorosas, ponerlos a ellos en primer plano. ¿Estamos dispuestos a no caer en la tentación de obviar que la adopción tiene una función reparadora?

Gracias a mi hija he podido descubrir el significado de la paternidad, lo maravilloso que es contribuir al crecimiento y desarrollo de este pequeño ser, ella forma parte fundamental de mi vida y de mi historia. Me cuesta recordar como era el mundo cuando ella no estaba conmigo. Mi experiencia como padre es positiva y enriquecedora. Doy un paso atrás e intento ver la situación con perspectiva, veo el volumen de las adopciones internacionales, la escasa preparación con la que comenzamos el camino la gran mayoría de adoptantes, las contradicciones con las que nos encontramos y a las que tenemos que hacer frente…¿es ético seguir adoptando en las circunstancias actuales?

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¿Hay de verdad una campaña anti adopción?

Clasificado bajo: Reflexiones al sol, Stephanie — Beatriz S.R. a las 12:57 am el Miércoles, Noviembre 28, 2007

Por Stephanie Milla

Con motivo de la emisión de las noticias sobre El Arca de Zoé, las irregularidades en las adopciones en el Congo y el documental “Huérfanos en venta” de la BBC, he oído y leído a varias personas decir que los medios están desatando una ampaña “anti-adopción”.

Sinceramente, no puedo estar más en desacuerdo. La verdadera campaña anti-adopciones no es denunciar los casos que hay de robo, tráfico o compraventa de niños, sino cerrar los ojos ante
esos casos. Es indecente, deshonesto, prepotente, delictivo, ilegal, inmoral y, además, el camino más corto para cerrar las adopciones en un país. A mí eso me preocupa por los niños que, necesitándola, se quedan sin familia, no por los aspirantes a padres adoptivos. Ellos tienen opciones, incluso la opción de no adoptar. Esos niños no las tienen.

A mí no me quita la ilusión por adoptar conocer los casos de corrupción: lo que hace es indignarme profundamente y despertar en mí una furia inmensa. Yo he adoptado para ser madre de un niño que necesita una familia, no para robárselo a nadie. Y, lo siento, no me parece que la corrupción
relacionada con los niños se justifique diciendo que “la corrupción existe en todas partes”, como he llegado a leer. En primer lugar, porque aspiro a que no haya corrupción en ninguna parte, y si la hay, no quiero ser ni cómplice ni instigadora. (Ni víctima, claro está. Pero si no quiero ser víctima,
no puedo ser causante). Y en segundo y más importante, porque me sigue pareciendo que el tráfico de seres humanos, sea para prostitución, niños soldado, trabajo esclavo o adopción es un crimen muchísimo más abominable que los de naturaleza económica.

No, no me quita la ilusión conocer el lado oscuro de la adopción, sino que me abre los ojos. ¿O alguien cree que nuestros niños vienen de lugares paradisíacos? Sus historias son, por definición, historias tristes en las que ellos son víctimas de una situación familiar catastrófica, la pobreza o la simple y desgarradora desidia de sus padres. Nosotros intentamos, como padres, compensarlo, pero el inicio de sus vidas nunca es bueno. Yo quiero enmendarlo, pero no puedo borrar su pasado.

Creo que la ilusión por adoptar es perfectamente compatible con la realidad. Es más, es imprescindible para asumir de verdad, cara a cara, los retos de la adopción. No puedo dejar de pensar en los padres adoptivos de Ciryl, el bebé ruso que en el documental “Huérfanos en venta” muere ante los ojos de sus recientes padres. No sé qué hubiera hecho yo, pero algo tengo claro: quizás si hubieran tenido menos “ilusión” y más conocimiento sobre los problemas que podía presentar ese hijo, en vez de sorprenderse de que el niño comiera poco y estuviera tan apagadito, le hubieran llevado corriendo a un pediatra en vez de dedicarse a filmar su muerte en vídeo. Habrían estudiado las patologías que podía presentar, habrían tenido a mano direcciones de médicos en esa ciudad. Esa “madre” decía que quería adoptar en Rusia para tener un “niño rubio de ojos azules” (literal). Y que al ser ruso, podría ser jugador de hockey o bailarín. (de nuevo, literal). Y cuando le dan al niño, que estaba obvia y claramente enfermo, se dedica a filmarlo en vez de llevarle a un médico. Quizás no se hubiera salvado, no lo sé, pero desde luego, no se habría muerto tirado en una toalla extendida en el suelo del hotel. Y no debió sentirlo tanto como su hijo cuando lo dejó en la morgue local, que no se le ocurrió repatriar el cadáver. Eso sí, le puso un pijamita amarillo, que era más mono que dejarle sólo con el pañal. Habrían hecho menos planes de futuro, y más de presente. Y quizás, sólo quizás, el niño estaría vivo.

Es cierto que hay muchos niños adoptados que ahora juegan sanos y felices, algo que no estaban al llegar a sus nuevas familias. Pero si lo hacen es porque sus padres han puesto los medios para que se recuperen. Necesitan cariño, sí, tanto como el aire que respiran, pero también necesitan atención especializada, y son legión los padres adoptivos que lo saben y afrontan ese reto y lo superan con nota. La ilusión es imprescindible, pero sin que nos nuble el sentido porque estamos tratando con niños heridos, que son un material ultrasensible.

El color del corazón

Clasificado bajo: Adopcion interracial, Stephanie — Beatriz S.R. a las 11:44 pm el Jueves, Septiembre 27, 2007

Por S.M.

Tras pasar dos años en mi proceso de adopción, había llegado por fin el momento: tenía mi asignación. Por fin conocía el nombre, la cara, el sexo y la edad de esa personita tan esperada: era una de dos meses y medio. Mi hija por fin tenía rostro.

Llamadas, mails, preparativos histéricos… El caos y locura habituales en estos casos, sobre todo cuando apenas tenía dos semanas para prepararlo todo. Y, sin embargo, a pesar de esa falta de tiempo, mis amigos me convencieron para ir a una fiesta a la que estábamos invitados. El reclamo era muy convincente: “¡luego no podrás!”.

No me pude resistir a semejante argumento. La fiesta era muy cool, muy petarda, ¡y muy divertida! Así que decidí despedirme de mi vida de mamarracha social (a mucha honra, ¡que conste!) a lo grande. Me puse la melena de leona; dediqué una hora al maquillaje (una obra de arte, y esta feo que lo diga yo…) y me calcé mis sandalias más estelares, unas Valentino reservadas para los momentos más especiales. Me enhebré del brazo de mis chicos (no sólo porque quedan muy bien, sino porque los 11 cm. de tacón de aguja de las sandalias requieren algún tipo de apoyo), ¡y salí dispuesta a comerme la noche!

Pasadas dos horas, todo iba acorde a plan. Mucho champán francés, mucho petardo, muchas risas y ese punto de tontería provocado tanto por las burbujas como por la alegría de conocer a mi hija. Entonces, me encontré con Karim, un conocido marroquí. Dueño de varios restaurantes, encantador, y de esas personas que conoces de intercambiar algún saludo cortés y poco más. Sin embargo, a pesar de no tener demasiada confianza, le enseñé la foto de mi hija. ¡Como al resto de la fiesta, dicho sea de paso! Aunque en su caso, en vez de los piropos y palabras manidas habituales, hubo algo diferente.

Se quedó muy serio. Se emocionó. Y me dijo, sencillamente, “es lo mejor que has podido hacer jamás. Lo mejor”. Me quedé asombrada. “¿Por?”. “Yo soy adoptado. Mis padres son franceses, blancos y rubios como tú”. Aunque apenas le conocía, le confesé mi miedo más cerval. “Me importa tu opinión, porque temo traer una niña negra a una sociedad blanca y hacerle daño. Me asusta que sufra por eso”. Se quedó callado. Me miró, me tomó la mano y me dijo, “Dile sólo lo que me decía mi abuela: “tú eres del color de mi corazón. Ese es tu color”.

Y aunque me temo que gestionar el racismo no será tan sencillo como eso, sé que en el futuro, se lo diré a mi hija. Y se lo diré de corazón.

P.D. Tan elaborado maquillaje resultó ser totalmente incompatible con la incontrolable llantina subsiguiente… Tanto esfuerzo para estar a la altura, y salí de la fiesta como un cruce entre un oso panda y un mapache…

El fin de la inocencia

Clasificado bajo: Reflexiones al sol, Stephanie — Beatriz S.R. a las 11:00 am el Lunes, Noviembre 6, 2006

Por STEFANIE

No puedo decir que ésta sea una idea original mía. Es más: creo que es muy común a todos los que hemos adoptado, y que, igualmente, todos la hemos ido viviendo de forma progresiva. Me refiero a la pérdida de la ingenuidad con la que comienzas un proceso de adopción.

Al principio, pensaba que la cosa era bastante simple. Hay niños que no tienen familia, y a mí me encantaría poder dar una familia a un niño sin ella. Limpio, claro, sin dobleces. Por eso mi primer shock llegó cuando, en la reunión informativa de mi comunidad autónoma, nos explicaron que si hacía falta tanto papeleo era porque el tráfico de niños era una realidad. Parecía tan improbable… El tráfico de niños me sonaba a fines maléficos, de explotación sexual o de mano de obra esclava, de donantes vivos de órganos. No sé, algo muy alejado a lo que yo (y creo que todos los demás asistentes al curso) nos proponíamos. Y sin embargo, el tiempo me ha hecho ver que era cierto. No lo de los órganos, o la explotación o la prostitución infantil (al menos, eso espero), sino a que es tan horrible como cierto que hay un mercado de niños. Y es algo que me tiene totalmente descolocada.

He aprendido que a pesar de los millones de huérfanos que hay en el mundo, sólo una pequeña parte cumple los requisitos de la “demanda”. Niños pequeños, sanos, sin historia conocida. A ser posible, blanquitos de piel. (Es curioso: incluso en regiones de piel oscura, el claro se sigue cotizando al alza). Y a medida que aumenta la demanda, ya aparece quien se hace cargo de encontrar oferta. Y quienes no tienen miedo a saltarse un par de reglas con tal de tener al niño soñado.

Y poco a poco, una se va enterando de cosas que no imaginaba. Casos de niños con informes falsos. Criaturas asignadas que no habían sido dadas en adopción. Países en los que hay quienes engañan a los padres con patrañas para que entreguen a sus hijos. O donde, directamente, los compran. Facilitadores que, según la cantidad de dinero que reciban, “encuentran” niños a la medida de lo buscado. Muchos casos poco claros en los que, al final, la gente prefiere callar por el bien de los menores – o por no arriesgarse a ser señalados con el dedo, a poner en peligro su proceso o ser los que den la nota. Y al final, te das cuenta de que sí, es verdad: el tráfico de niños existe. Y los promotores somos nosotros. Cuando pagamos. (Porque es más corrupto quien corrompe que quien se deja corromper). Cuando callamos. Cuando hacemos la vista gorda. Cuando tenemos miedo a preguntar. O incluso a responder.

Por eso, cuando amigos y conocidos se llevan las manos a la cabeza diciendo cómo es posible que se tarde tanto en adoptar habiendo tanto niño necesitado, no me queda más remedio que decir “porque hay tráfico de niños”.

Momentos trascendentes

Clasificado bajo: Stephanie — Beatriz S.R. a las 7:53 pm el Jueves, Septiembre 7, 2006

Por STEFANIE

“¿Qué sentiste cuando te la dieron?”. Es una de las preguntas más frecuentes que me hacen sobre mi adopción. Y pienso que la gente espera una respuesta de inmensa emoción. Que la hubo. Y mucha. Pero, para mí, no ha sido la ocasión más significativa.

Me pasó algo similar cuando por fin, tras un retraso interminable de seis días sobre el resto del grupo, me comunicaron que ya podía ir a ver mi asignación. ¡Por fin! Salí corriendo, y al llegar, casi le arranco la hoja con la foto de las manos de quien la tenía. Llevaba ya una semana en estado de histeria máxima, elucubrando sobre la edad y el sexo de mi hijo, recopilando ropa para niños de dos años (el tiempo que yo le calculaba) e inmersa en una orgía de compras. Y cuando ¡por fin! vi la foto y supe quien era, el primer pensamiento que se me vino a la cabeza fue “menos mal que no he planchado toda la ropa que cogí para el bebé…”. Muy prosaico, ¿verdad?

Mi esperad@ hij@ no tenía dos años, sino dos meses y medio. Era una bebé perfecta, hermosa, más pequeña de lo que nunca había imaginado. Y yo, que siempre había soñado con que me dieran un bebé, enfrentada a la realidad sólo pensé en la plancha…

He descubierto que a los momentos trascendentes no se les puede dar cita. Llegan cuando menos te los esperas. Por ejemplo, la primera vez que mi hija lloraba en brazos ajenos, desconsolada, y se calmó en cuanto la abracé. La primera vez que se divirtió jugando con mi cara. O cuando la fui a vacunar, y de repente yo (tan lógica, fría, racional) me tuve que salir porque no soportaba ver cómo la pinchaban y notaba un hueco en el corazón. La ocasión en que se volcó la Maxi Cossi y noté cómo se me paraban los pulsos… En esas ocasiones, la sensación de ser madre me golpeó brutalmente, con una intensidad inusitada, poniéndome al día con mi nueva realidad. No fueron fechas señaladas, sino momentos que se hicieron notar.

Y dicho esto que quede claro: ¡pienso seguir celebrando cada mes el aniversario del día en que conocía a mi hija! (Y, por dentro, el del día en que por primera vez, al despertarse, dejó de llorar y me dedico su mejor sonrisa al verme asomada a su cuna. Pero esa fecha quedará entre nosotras).

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