La aventura continúa

Postadopción Blog. Nadie sabe más que todos juntos.

Palabras y sentimientos

Filed under: abandono,dolor,Historias personales,Reflexiones al sol — Beatriz San Román a las 11:49 pm el lunes, julio 21, 2008

Hace poco estuve cenando con unos amigos que tienen dos hijas adoptadas. La mayor (que está a punto de empezar 1º de la ESO, ¿doce años?), sin venir a cuento, de pronto me preguntó: “¿Tú tienes miedo de que te abandonen?”. Me pilló desprevenida, y creo que le contesté que sí, que creía que todos tenemos una parte de nosotros a la que le da miedo que nos abandonen o nos fallen las personas en las que confiamos. Y entonces ella me dijo, “ya… es que a mí ya me ha pasado una vez”.

Su respuesta me ha tenido varios días pensando en la importancia de enseñar a nuestros hijos no sólo a manejar sus miedos o su rabia, sino a entender las causas de sus sentimientos para poder hacerles frente. Creo que uno de los aprendizajes más importantes y complicados de la vida es entender por qué uno siente las cosas que siente. Y también creo que la palabra es el mejor instrumento de transmisión de conocimiento. Pero es un instrumento limitado: las palabras nunca son más fuertes que las vivencias.

Y eso que yo soy “mamá charlitas”, de esas que aprovechan las ocasiones que van surgiendo para hablar y poner las emociones y los sentimientos en palabras, y tratar de explicar cómo funcionamos los humanos. Cuando miro atrás, me doy cuenta de que mi padre era mucho más dado que mi madre a este tipo de conversaciones. Y, si sigo recordando, me doy cuenta de dos cosas:

– Hay cosas que me dijeron de pequeña que en ese momento no me sirvieron para nada (o eso me pareció) pero que con el tiempo (y cientos de repeticiones) calaron profundo. Un ejemplo: yo era un niña tímida patológica, y mi padre siempre decía: “la vergüenza no sirve para nada, vergüenza solo de pecar”. Aunque pasada por un cierto tamiz “laicista”, esa enseñanza repetida mil veces que en su momento no parecía ayudar en nada, la tengo completamente incorporada. (¡Si no de qué iba yo a llevar el pelo fucsia!). Y eso me lleva a pensar que no se trata de convencer a mi hija y de que me dé la razón en el momento, que uno no transmite con palabras los aprendizajes emocionales, que va ?sembrando? esperando que llegue el momento en que a fuerza de repetición y madurez cobren sentido.

– Tambien hay cosas nunca verbalizadas que uno incorpora por la vivencia. Las enseñanzas no-habladas de mi niñez las llevo grabadas sin palabras, pero las llevo. Algunas son hábitos y reacciones aprendidas que me simplifican la vida; en cambio, las que no me gustan me ha costado mucho reconocerlas y desmontármelas, precisamente porque ni las tenía racionalizadas, pero ahí estaban.

La experiencia con mi hija me ha enseñado que hay cosas que por mucho que te las hayan explicado, por mucho que “se sepan”, se necesita vivirlas para saberlas. Y no una vez, sino muuuuuuuchas, sobre todo si has tenido experiencias antes en sentido contrario. Y aquí retomo con lo del miedo al abandono o “la herida primaria” como la llama Nancy Verrier en su interesantísimo libro The Primal Wound.

Confieso que, hasta que no lo he empezado a vivir, no he entendido todo eso de las heridas invisibles de la adopción. Tal vez porque me gano la vida escribiendo, tenía sobrevalorado el poder curativo de la palabra, como si lograr hablar de lo doloroso y explicarlo en un relato coherente fuera suficiente para cerrar las heridas.

En mi caso, había oído hablar de la luna de miel y de lo de después. La nuestra fue larguísima, y los primeros berrinches llegaron meses después. Me sorprendía la cantidad de rabia que podía caber en su pequeño cuerpecito de 80 c.m. de altura. Coincidía con la edad de las rabietas, pero me daba cuenta de que eran “más bestias” que las que había visto en otros niños… ¿o era una neura de madre primeriza? El tiempo pasó y también las rabietas. Y durante dos años, todo parecía colocado, todo era “normal”.

Luego, con el primer “desafío fuerte” (empezar el curso en clase nueva y con niños que sabían más que ella, que ya sabían las letras y ella no, etc.) llegó la primera racha de episodios de rabia y de poner al límite nuestra relación: ?Si no lo hago bien en el cole, ¿váis a querer seguir siendo mi papá y mi mamá??.

He aprendido en este tiempo que hay heridas que parecen cerradas y de pronto se reabren. Las situaciones o circunstancias que la hacen sentir insegura reavivan sus miedos que (gracias a Dios) proyecta hacia fuera en forma de enfado. Y también, creo que ahora estoy aprendiendo que no es suficiente con hablar y entender los miedos, que necesita sacarlos afuera, aunque sea a mordiscos y patadas, para comprobar que nada cambia, que seguimos ahí, que eran infundados.

¿Sirve de algo tener después una charlita sobre el tema? Pues cada vez lo tengo menos claro. La última vez me miró y me dijo “mami, ¿y si nos olvidamos que ha pasado?”. Y me pareció que tenía razón, que ella no necesitaba en ese momento volver a hablar de cosas que ya hemos hablado mil veces. Que su cabeza sabe y entiende, pero sus emociones van por otro lado.

Y aquí de nuevo la duda. ¿Simplemente necesita experimentarlo más veces? ¿O necesita que pongamos en palabras cosas que hasta ahora no poníamos? Siempre le hemos hablado de su historia desde el respeto y la comprensión a su madre biológica que no eligió unas circunstancias muy duras. ¿Será que necesita también que hablemos más, mucho más, de cómo vivió ella ese momento y de cómo le influye en lo que siente ahora?

De madre a madre

Filed under: Adop. Internacional,Adopcion interracial,Reflexiones al sol,Stephanie — Beatriz San Román a las 8:16 pm el martes, julio 1, 2008

Por S. Milla

Hace apenas una semana que conocí, por fin, a la madre de mi hija. Y ha sido una de las experiencias más importantes de mi vida. Y, sobre todo, creo que lo será también para mi pequeña. Ahora sé más sobre ella: el nombre de sus abuelos, de sus tíos. Lo que sintió su madre al tenerla. Cuánto lloró al entregarla para siempre, y también, al volver a saber de ella.

Sé que si quiere, podré darle respuestas. El nombre de su familia etíope? Lo que sintió su madre por ella, al dar a luz, al entregarla? Cuando quiera saber a quién se parece, tendrá respuestas. Podrá ir juntando las piezas de sus dos familias, recomponer una historia que cambió de rumbo un día para llevarla a otro mundo, a otro continente, sin que ella pudiera decidir al respecto.

Es curioso: al mirar a su madre, no hacía más que reconocer gestos, expresiones. Eran iguales, y a la vez, diferentes. Y cuando volví a casa, a sus brazos y a sus abrazos, veia en mi hija los rasgos de su madre. La forma de la frente? El rizo, grande y abierto, de su pelo? El ángulo de inclinación entre la nariz y la boca? La forma en que su labio superior y la nariz se curvan ligeramente hacia arriba cuando está de lado?

Al llegar a casa, dormí con ella la siesta, y al despertar, la miraba dormida y reconocía a su madre en sus rasgos. Me hizo sentir bien. Me gustó saber que en un futuro le podré decir de quién tiene su sonrisa, su forma de inclinar la cabeza un poco hacia un lado y hacia atrás cuando se ríe. Su diferencia hizo que la sintiera más cercana, más real. Mi hija es mi hija porque llevo sus rasgos grabados en el alma, y ahora que sé cuáles son sus raíces, la siento aún más mía.

Esta mañana he vuelto a ver la foto que me ha regalado su madre de su segundo cumpleaños. Es escalofriante: mi hija y su madre tienen exactamente el mismo gesto. Idéntico. Clavado. No digo los rasgos, no, sino el movimiento de la cara, ¡es un espejo! Me gusta ver esa foto. Y sé que a Madot le gustará verla, seguro, como a mí me gusta ver las fotos de mi madre cuando era niña.

No todo han sido maravillas en el encuentro. (Pero eso nos pertenece sólo a nosotras y a nuestra gente). Ver de cerca la situación de mi ?homóloga?, como la llamábamos, es muy duro. Yo no tengo la culpa de su situación, pero ella tampoco. Yo no elegí nacer donde lo hice. Ella, tampoco. Y aunque no soy responsable, me siento solidaria. Porque ella nació con las cartas marcadas. Y de no ser así, no habría dejado a su hija. Seguro.

Cuando, tiempo ha, le envíe fotos de nuestra hija, me dio reparo incluir alguna mía. No sé, sentía pudor de hacerlo. Quería que viera que su hija estaba bien, que era cuidada y querida, pero me daba algo de vergüenza ?presumir? de madre. Finalmente, incluí una imagen de las dos porque imaginé que ella también tendría curiosidad por saber quién cuidaba de su bebé. ¡Qué equivocada estaba! En un lugar privilegiado en su casa había sólo dos marcos de fotos: en uno, las imágenes de sus padres. En otro, la única foto en la que yo estaba con nuestra hija. De las más de 30 fotos que tenía, había elegido justo esa. Me alegró, y me rompió el corazón a la vez. Tras la tristeza inicial, sentí alivio: a ella le pasaba como a mí – se sentía unida a la madre de su hija.

Y es que es así como me siento: conectada a ella.

Hubo gente que me dijo que era valiente al ir a ver a la madre de mi hija. Nunca lo sentí como un gesto de valor. Para mí (y sólo puedo hablar por mí) fue algo natural. Algo fluido, parte de un proceso lógico. Es la continuación de una historia que escribimos juntas, aunque sean capítulos diferentes. Y siento que además experimentamos sentimientos muy similares, aunque los vivamos desde mundos que son universos diferentes.

Tras llegar a casa, descargué las fotos en el ordenador. Como tantas veces, mi hija se sentó en mi regazo a verlas, ¡le encanta hacerlo! Al llegar a mis fotos con su madre, ella exclamó, señalando mi imagen con el dedo, ?¡¡mamiiiiii!?. Y le dije, de corazón, ?sí, es mami, y ella es tu mami de Etiopía, la mamá que te tuvo en su barriga?. Y así es: estamos las dos, a veces llorosas, otras sonrientes, pero unidas, de la mano. Somos familia. Una familia rara, sí, pero familia.

Ella ahora no entiende lo de sus dos ?mamis?. Ni le importa. Pero me hace feliz saber que cuando lo entienda, y cuando le importe, podrá saber. Como sabrá que sus dos madres la quieren. Más que a nadie.