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El c

Filed under: adopcion-y-etica,Historias personales,Reflexiones al sol — Beatriz San Román a las 11:24 pm el martes, enero 15, 2008

Por Xavier G.

Empecé la aventura de la adopción convencido de que era indispensable un conocimiento previo del país de origen de mi futuro hijo. El entender su cultura y filosofía de vida debía servir de herramienta para elaborar nuestro futuro juntos.

Un 2 de noviembre de hace tres años viajé a Katmandú, entrando de lleno en el mundo de las adopciones. Con la maleta llena de ilusión, con las mejores intenciones y conociendo el país. Aunque me creía preparado, no alcanzaba a ver la complejidad del camino que estaba emprendiendo. Intencionadamente escapé de los circuitos establecidos, escogí una adopción libre y directa sin involucrar ECAIs u otros intermediarios. El camino era más complejo. Las vías oficiales no ven con buenos ojos a quien escapa de sus redes, desaconsejan vivamente esa opción argumentando los peligros que acechan. Yo estaba firmemente convencido de que, ocupándome en primera persona de seguir todos los pasos de la adopción, me aseguraría de que ésta fuera transparente y limpia.

Saber donde nació mi hija, su origen étnico, la composición de su familia, su idiosincrasia, asegurarme y comprobar que los datos aportados (su orfandad y abandono de la familia extensa) eran verídicos fueron una de las prioridades. Rastrear su ingreso en la fundación en la que vivió diversos años era de vital importancia. Una vez asentadas las bases, reconocido y comprobado su pasado, creía (como la mayoría de adoptantes) que con amor y afecto todo se podía superar. El pasado era eso, simplemente pasado.

Recuerdo el primer encuentro como entrañable y sencillo. Tomando un masala (té con leche) en la fundación, ella se acercó mirándome fijamente. Me dijo: “Namaste”. “Namaste”, respondí. Empezamos el camino juntos, día a día nos descubríamos y vinculábamos, día a día ella se convertía en mi hija y yo en su padre. Día a día nos “adoptamos” mutuamente.

Pasé nueve largos meses en su país, aprovechando para indagar sobre lo que me parecía fundamental: reconstruir junto a su familia sus orígenes y su historia antes de que entrara formar parte de mi vida. Conocer el lugar donde nació, donde se crió, cuáles fueron sus primeros pasos en la vida, saber el porqué de su orfandad. Quería saber toda su historia, consciente de que ésta debía servir como vehículo de integración a nuestro mundo. En medio de la búsqueda de sus orígenes, seguían papeleo y burocracia interminables, a veces agotadores. La esperanza y la impotencia hacían contrapeso a la alegría cotidiana de ver reforzarse nuestro vínculo. Ella no era ajena a toda esa incertidumbre, sufriendo ante la lentitud del proceso y rezando a sus dioses para que los “papeles” llegaran. Su expediente de adopción estuvo apilado durante meses en la estantería de un ministerio gubernativo corrupto e insensible, ajeno a la realidad de cientos de niños de la calle y orfanatos. El país que había aprendido a amar, me mostraba su lado más oscuro.

Tras meses de tensión y espera y, finalmente, un día monzónico, mi hija pudo embarcar en el avión con destino hacia su nuevo hogar. Días más tarde, un salvoconducto me permitía dejar el país donde había visto florecer a mi hija. En el camino quedaban alegría y llanto por una cultura, una filosofía y unas gentes que habían conquistado mi corazón. En ese momento creía que el círculo de la adopción se había completado.

Hoy, tres años después de ese primer encuentro, me enfrento a una nueva realidad: el círculo sigue abierto. Siento el peso de las incógnitas que planean sobre nuestros hijos ensombreciendo su futuro, la impotencia ante todas esas vidas arrancadas. Las dudas y preguntas, ¿realmente estaba preparado y comprendía el significado de la adopción? ¿Somos conscientes, al comenzar el camino, de lo que supone despojar a todos esos niños de su pasado sin saber nada, o muy poco, sobre sus orígenes, ni sobre la veracidad de esas historias? ¿No los abandonamos a la soledad en esta sociedad nuestra llena de contradicciones e incoherencias? Un lugar donde siempre habrá alguien que les recuerde que son diferentes y los señale por el exotismo de sus rasgos o el color de su piel…

Hoy, tres años después, me siguen asaltando las dudas, no sobre sus orígenes ni sobre su historia, que me preocupe en comprobar y conocer. Las dudas son de carácter ético ¿Fue una adopción todo lo transparente y limpia posible? ¿O también, de alguna manera, pertenece al mercadeo de esta industria lucrativa? Hoy mis dudas van en otra dirección. Reflexionando me pregunto si la adopción es el camino idóneo para restablecer el equilibrio entre nuestro mal llamado “primer mundo” y ese denostado tercer mundo. ¿No seremos los nuevos colonos expansionistas del siglo XXI? ¿No será la adopción internacional otro acto más de egoísmo que engendramos en esta vida?

Por otro lado, ¿qué hacer con toda la información obtenida? ¿Archivarla, completando el álbum de fotos? ¿Pasar página y dar por concluido el capítulo, hojeándolo cada año, como las viejas fotos de vacaciones familiares? ¿Cómo emplear toda esa información para que no se pierda, para que sirva de instrumento en la formación de la identidad de nuestros hijos? Hay que evitar caer en el error de dejarla en el álbum solo para nuestra gratificación personal, para recordarnos que hicimos “lo correcto”. ¿Cómo transmitir a nuestros hijos sus orígenes, su cultura, su país, en una sociedad que continuamente aniquila lo diferente? ¿Como enseñar a nuestros hijos a querer, respetar y enorgullecerse de su pasado? Cada vez hay mas adoptantes que se preocupan por conocer las historias de sus hijos, evitando el error de ignorarlo o menospreciarlo. Aun as텿estamos a la altura? ¿Como encajar esas piezas del puzle en sus vidas? Incluso con nuestras mejores intenciones como padres ¿podremos luchar contra la presión de una sociedad poco preparada para entender y respetar la diferencia y la idiosincrasia de nuestros hijos y de su pasado?

¿Somos conscientes que este círculo jamás se completará y de que deberemos seguir haciéndonos preguntas y dudando sobre las vidas arrancadas de nuestros hijos? Para proteger su identidad debemos, a veces, cuestionarnos cosas dolorosas, ponerlos a ellos en primer plano. ¿Estamos dispuestos a no caer en la tentación de obviar que la adopción tiene una función reparadora?

Gracias a mi hija he podido descubrir el significado de la paternidad, lo maravilloso que es contribuir al crecimiento y desarrollo de este pequeño ser, ella forma parte fundamental de mi vida y de mi historia. Me cuesta recordar como era el mundo cuando ella no estaba conmigo. Mi experiencia como padre es positiva y enriquecedora. Doy un paso atrás e intento ver la situación con perspectiva, veo el volumen de las adopciones internacionales, la escasa preparación con la que comenzamos el camino la gran mayoría de adoptantes, las contradicciones con las que nos encontramos y a las que tenemos que hacer frente…¿es ético seguir adoptando en las circunstancias actuales?

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