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La adopci

Filed under: Adopcion y Escuela — Beatriz San Román a las 11:29 pm el sábado, octubre 6, 2007

Los adultos tendemos a ver la adopción como un largo y fatigoso camino de burocracia e incertidumbre que culmina con la felicidad de la llegada del hijo o la hija tanto tiempo deseado. En cambio, desde el punto de vista de los niños, la adopción supone la pérdida súbita de todo lo que conocían y querían. De un plumazo su mundo se desvanece y son transportado a otro desconocido donde todo es nuevo y distinto.

Para estos niños, que tal vez llevaran muchos meses viviendo entre las cuatro paredes de una institución, la adopción es un cambio radical que, aunque objetivamente sea positivo, resulta estresante y atemorizador. Con frecuencia se les ve felices, ansiosos por disfrutar de la vida, pero tienen también sus momentos difíciles. Por muy positivo que sea lo que les ofrece su nueva entorno, sienten a veces el dolor de haber perdido todo lo que para ellos fue importante en el pasado y les cuesta enfrentarse a la avalancha de nuevos estímulos. Y aunque día a día y semana a semana avanzan en el proceso de aprender a confiar y de entender que esta vez es para siempre, a veces los fantasmas del pasado les angustian y temen perder lo conseguido.

Ser hijo: un aprendizaje prioritario

Los niños y niñas adoptados, a diferencia de lo que ocurre en hogares fundados sobre lazos biológicos, no han pasado los primeros meses o años de vida con sus padres. No cabe duda en que la adopción constituye auténticas familias, tan verdaderas como cualquier otra, pero también es cierto que la formación de los vínculos familiares requiere tiempo y dedicación.
Insistiremos una vez más en que lo vivido antes de la adopción no sólo ha condicionado lo que saben y lo que no, también su forma de afrontar la realidad y de relacionarse con los demás.

Los seres humanos aprendemos a anticipar el futuro y construir nuestras expectativas de acuerdo a lo que la experiencia nos ha enseñado. Una persona que haya acumulado experiencias negativas sucesivas en sus relaciones de pareja, se mostrará recelosa ante un nuevo pretendiente. Como dice el refranero español, el gato escaldado del agua fría huye. En la vida de un niño adoptado, todas las personas a cuyo cargo ha estado han desaparecido: sus padres de nacimiento, distintos cuidadores del orfanato, tal vez una familia de acogida… ¿Por qué habrían de creer que esta vez de ser diferente?

Para asimilar que, contra todo pronóstico, sus nuevas familias sí son permanentes y que pueden confiar en que sus nuevos padres les van a seguir queriendo y cuidando, necesitan experimentar repetidamente esa realidad. Necesitan que se les reafirme una y mil veces en que la nueva situación es permanente. Necesitan oír una y otra vez que pase lo que pase sus nuevos papás siempre les van a querer y cuidar. Y necesitan también comprobarlo de forma práctica ?¡y ponerlo a prueba!? una y mil veces antes de creerlo completamente.
Salvo que hubiera problemas médicos urgentes, la vinculación familiar debería ser siempre la prioridad de la primera etapa tras la adopción. Todo lo demás, incluída la incorporación al colegio debería dejarse en un segundo plano hasta que el niño logre sentirse seguro en su nueva familia.

(Extraído del libro Adopción y Escuela de Beatriz San Román)