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Postadopción Blog. Nadie sabe más que todos juntos.

Secretos y mentiras

Filed under: Uncategorized — Beatriz San Román a las 12:08 pm el Viernes, junio 29, 2007

Anne Marie Crine

¿Por qué me abandonaron? ¿Por qué a mí? ¿Qué hice para merecer esto? ¿No será que éstos me van a dejar de nuevo? Me siento una nulidad. ¿Cómo pueden decir que me quieren? ¡No valgo la pena, no merezco todo esto!

Éste es el estilo de preguntas que aparecen en la vida de los adoptados. Convivir con tales interrogaciones y emociones requiere un elaboración psíquica y afectiva que pasa por el hablar. Este proceso de elaboración depende obviamente del adoptado pero también de sus padres adoptivos, verdaderos tutores de la resiliencia de su hijo. Está además bajo la influencia de estos otros actores ineludibles en la adopción que resultan ser los terceros. Su papel es fundamental y se desarrolla a lo largo del proceso de adopción, desde sus primicias hasta el seguimiento
postadoptivo, de forma profesional, multidisciplinaria y bilateral, tanto a nivel de los padres de nacimiento y de los niños, como a nivel de los candidatos a la adopción y de las familias adoptivas.

Semejante tarea resulta ser difícil, a veces casi utópica, debido a la frecuente insuficiencia de los recursos institucionales, materiales y humanos, sobre todo en los países de origen, pero a veces también en los países de acogida… ¿Serán éstos los únicos obstáculos que traban el buen desarrollo de las tareas de los terceros Desgraciadamente existen otros motivos menos confesables que, por lo general, tienden a ser menospreciados, hasta ignorados, aún por un gran número de investigadores universitarios que realizan estudios sobre el seguimiento de las adopciones. Motivos que se deben contemplar en el marco del contexto socio-institucional mundial de la adopción.

En los últimos años, la demanda en materia de adopción por parte de los países europeos y norteamericanos no deja de crecer, cuando las posibilidades de adopción no evolucionan en la misma proporción, aumentando la zanja entre los dos. En este contexto de desequilibrio Norte-Sur y Oeste-Este, el volumen de la demanda va pesando cada vez
más desde los países de acogida hacia los de origen para que autoricen la salida de niños que respondan a las expectativas de los solicitantes. Y esto va fomentando prácticas más o menos discutibles o francamente abusivas, que van desde acelerar los procesos, omitir o esquivar ciertas disposiciones legales, retribuir prestaciones de servicios de manera desproporcionada con el costo de vida local, disimular o falsificar documentos, sacar consentimientos y decisiones mediante contrapartidas financieras, presionar y/o abusar de distintas maneras los padres de origen.

En algunos casos más graves, se puede llegar a prácticas del crimen organizado y a la trata de seres humanos, como raptar unos niños o retribuir la procreación de otros, amenazar y atentar a vidas humanas. Y lo más asombroso no deja de ser que tales prácticas casi siempre son llevadas a cabo en nombre del amor y del
interés de los niños, los cuales, “de todos modos, siempre estarán mejor en una buena familia de nuestros países antes que quedarse allá”.

Más allá de las violaciones a la letra y al espíritu de las leyes, a la ética, se debería interrogar cuales serán los efectos de tal delincuencia institucional instaurada por terceros privados –con la complicidad más o menos activa de terceros públicos y de autoridades competentes tanto en los países de origen como de acogida–, en el desarrollo de los principales protagonistas de la adopción. Si preparar un niño a la adopción, trabajar en convertirle adoptable “en su cabeza” consiste en restituirle una historia, un linaje, en permitir que se ubique para que se pueda separar, que se separe para que se pueda proyectar en otra parte, otra familia, otro linaje, otra historia, ¿cómo va a ser esto
posible en las condiciones arriba descritas? ¿Cómo sentirse en confianza y apegarse con adultos que le mienten? ¿Cómo no volverse loco cuando los adultos que le miman y le protegen cuentan a su hijo, muchas veces sin saber, una historia completamente opuesta a la que vivió hasta entonces?

Los psicoanalistas describen entre los adoptantes la gran frecuencia de fantasías de rapto del hijo adoptado. ¿Qué pasa cuando la realidad alcanza y hasta va más allá del fantasma? ¿Cómo arreglársela cuando la cantidad de dinero invertido llega a poner dudas en cuanto a lo bien fundado del proceso? ¿Cómo sentirse el “verdadero padre” de un niño cuando uno se encontró con padres de nacimiento pobres, llorando la partida de su hijo? ¿Cómo hablar al
niño de su historia y ayudarle a elaborarla, cuando uno teme que él descubra elementos turbios de su adopción y deje a sus padres adoptivos para volverse con los de origen?

Una de las características de todos los niños que llegan en adopción es que, en base a la historia de rupturas que han vivido anteriormente, les cuesta confiar en la estabilidad del nuevo “puente” parental que se les presenta y por lo tanto necesitan ponerlo a prueba y sacudirlo. Los padres adoptivos no están naturalmente equipados para descifrar estos comportamientos y reacciones. Pero cuando el encuentro entre los dos ocurre en un contexto que pone serias sospechas en la legitimidad del proceso, la desconfianza, las “sacudidas”, las puestas a prueba corren el riesgo de ser más fuertes por un lado; y la indispensable confianza, estabilidad y fiabilidad corre el riesgo de ser quebrantada por el otro.

“Secretos y mentiras”, tanto en la adopción como en otros contextos, tienden a minar el terreno en el cual se deben establecer y desenvolver las relaciones entre los principales protagonistas. Perjudican la creación del apego entre padres e hijos y, en consecuencia, la construcción de la identidad del adoptado. Tarde o temprano, tienden a reaparecer bajo la forma de distintos síntomas.

¿No deberíamos preguntarnos si los problemas comportamentales y las actuaciones delincuentes tradicionalmente descritas en un gran número de adoptados no suenan como un eco de las prácticas delincuentes que nosotros hemos permitido o fomentado en los procesos que llevan a las adopciones? ¿No deberíamos preguntarnos si nuestras
actuaciones como terceros en la adopción ayudan realmente a los que pretendemos ayudar, es decir, no solo a los niños sino también a los padres que les acogen?