La aventura continúa

Postadopción Blog. Nadie sabe más que todos juntos.

Desde Addis hasta el L

Filed under: Stephanie — Beatriz San Román a las 11:28 am el Jueves, agosto 31, 2006

Por STEFANIE

Con un bebé pequeño, más aún si es una criatura tan bonita como Madot, hay que acostumbrarse a que todo tipo de gente se acerque sin reparo a ella para cotillear, ver, hablar o tocarla. Mentiría si no dijera que me suele molestar. Mucho. Pero en esta ocasión fue diferente.

El hombre que se acercó a ver a mi bebé en las oficinas de Ethiopian Airlines no tenía curiosidad, sino cariño. En grandes dosis. Y además, mucha nostalgia. La miraba, y le tocaba los dedos con una suavidad y una ternura que hizo de aquella una de las pocas ocasiones en que no sólo no me molestó que se acercaran a mi hija, sino que me pareció un regalo. Tenía ese tipo de ojos de seda que no ven, sino miran. Y era con ternura con la que acariciaba la manita de mi niña.

“¿Qué tiempo tiene?”, me preguntó. “Tres meses”. “Mi hija pequeña tiene dos, me recuerda a ella”. En ese momento, Madot se quedó dormida, borracha de sueño. “Eso es lo que tienen que hacer ahora: dormir y dormir. Comer y dormir, nada más”. Es curioso: no me preguntó acerca de los detalles de la adopción ni similares – el tema de conversa más obvio y recurrente – sino que hablamos de bebés. Simplemente, de bebés, no adoptados ni biológicos: sólo bebés. “Tienes que ponerla junto a tu corazón”, me decía. “Que te oiga, que sienta tu latido. Quererla mucho, y poner su cabecita junto a tu corazón”.

“¿Ese bebé es su única hija?”, le pregunté. “No”. Paró un momento, sin separar nunca la vista de mi niña. “Es la más pequeña. Tengo otras dos hijas y un niño. Al principio pensamos que tendríamos otro chico, pero ha sido niña de nuevo. Y la verdad es que estoy feliz. Les quiero a todos muchísimo, pero son mis hijas quienes me han robado el corazón. Nunca se lo digo, pero ellas son mis favoritas”.

“Están en el Líbano”, me dijo. Entendí el porqué de su nostalgia. El bombardeo de Beirut había comenzado dos días antes.. “Mi mujer dio a luz allí, y han volado el aeropuerto, mi familia no puede salir. Y tampoco puede ir a casa de mi madre: han volado el puente que lleva a su parte de la ciudad. Ahora estoy intentando ver cómo puedo llegar hasta ellas”.

No se puede decir nada en estos casos. ¿Desear buena suerte? ¿Decirle que todo se arreglará, que no se preocupe? Me hubiera parecido un insulto. Tan sólo se puede escuchar. “Nosotros vivimos en Sudáfrica”, me explicó. “Y habíamos ido a Beirut para que nuestra hija naciera allí. Y ahora ha pasado esto, y yo estoy fuera”.

En ese momento, llegó nuestro turno, y poco después el suyo. Nos mirábamos de lado a lado, y nos sonreíamos. El seguía mirando a la niña, siempre con esa ternura infinita. Acabamos nosotros primero, y nos despedimos con un abrazo. De los de verdad. Al final, volvió a darme el mismo consejo. “Ponla junto a tu corazón, abrázala y que te oiga latir”.

Volvimos a vernos unas horas después. “¿Qué ha pasado?”, le pregunté. “No hay muchas opciones. O bien intento llegar a Chipre, y de allí a Beirut en barco, o bien vuelo a Damasco, y desde allí voy por tierra hasta el Líbano”. No pude evitar recordar ese desierto libio en el que había estado hace apenas nueve meses. Un territorio totalmente plano, pedregoso, árido, donde cualquier coche que pasa se convierte en un blanco tan vulnerable como un pato en una caseta de tiro de una feria. Tan peligrosa parecía una opción como la otra.

“Me lo voy a pensar esta noche. Necesito consultarlo con la almohada”. Tenía la mirada aún más triste. Pero lo peor de todo era saber que su caso era tan sólo una más de las desgracias que se encarnaban en cada familia de Oriente Próximo en ese momento. Es la que yo conocí, pero sólo una más. Sin embargo, él, como yo, tenía una niña de tan sólo unos meses que tan sólo necesitaba comer, dormir – y sentir el latido de un corazón.

Al día siguiente nos lo volvimos a encontrar. No quería preguntarle qué había decidido, no me atrevía. El me sacó de dudas. “He hablado con mi familia. No quieren que intente ir, es peligroso. Me vuelvo a Sudáfrica, y desde allí veré cómo les puedo sacar”. Sólo quedaba desearle suerte. Nos volvimos a abrazar: no tenía sentido darse la mano, hubiera sido demasiado frío. Con sus manos sobre mis brazos, me lo repitió antes de irse: “Ponla sobre tu corazón, ponla sobre tu corazón”.

Desde entonces, lo he intentado hacer al menos una vez al día. Y siempre, siempre, siempre me he acordado de él. No sé su nombre. No sé que le habrá pasado a su familia. A medida que las escaramuzas se convertían en guerra, y que se alargaban los días del horror, me sentía culpable por desear que a ellos no les hubiera pasado nada, como si las otras víctimas fueran menos víctimas simplemente por no conocerlas. Sin embargo, no podía dejar de confiar, con todas mis fuerzas, en que no les pasaría nada. A su madre, a su mujer, a sus dos hijas, a su hijo y a esa pequeña de dos meses que ponía contra su pecho. Nunca sabré si están bien o no, y no sé si me alegra o entristece no tener noticias.

Unas semanas después, al caer la tarde, tuve uno de esos momentos de paz que son oro puro. Reclinada en una tumbona, con el sol del atardecer, que calienta y acaricia sin quemar, puse a mi bebé contra mi corazón, siempre pensando en él y en su hija de dos meses. Mi niña tenía su cabecita casi bajo mi barbilla, y mi mano, puesta en su espalda, la cubría por completo. Ella estaba relajada, tranquila, con ese abandono absoluta que los niños tienen a veces. Despierta, pero totalmente desmadejada, adaptada a mi cuerpo, encontrando acomodo en cada curva, en cada recodo. Yo sólo quería que ella oyera mi corazón. Y, de repente, noté el suyo. No lo oí, sino que lo sentí a través de la piel. Un latido más rápido, más acelerado que el mío, que cruzaba de una a otra. Y de nuevo me acordé de él, de mi amigo libanés. Ojalá estén todos bien.

Es curioso: de mi viaje a Etiopía me llevo muchos nombres y casi los mismos números de teléfono y direcciones de e-mail, pero nunca supe el suyo. Ni él el mío. Y sin embargo, ahí está, por y para siempre.

Filed under: Montse - Lugano,Reflexiones al sol — Beatriz San Román a las 6:04 pm el Martes, agosto 29, 2006

Por MONTSE – Lugano

A menudo para mi ser madre (adoptiva, que a veces me olvido!) de dos niñas negras es como andar sobre la cuerda floja, pero sabiendo que si pierdo el equilibrio quien se cae no soy yo, son mis hijas. Y eso me da mucho miedo. Ser madre de una niña negra significa:
Aprender lo que es el racismo y tener que aprender a combatirlo.
Sentirte algo negra y desear ser negra como tu hija.
Aprender a responder a tono y según las circunstancias a los comentarios de cualquiera, familiar, desconocido… ¡Todos se sientes con derecho a interrogarte!
Enseñar a tus hijas a proteger su intimidad, sin esconder su realidad (y eso es muuuuuuuuy difícil).
Sentirte un poco culpable por haberlas traído a este mundo tan blanco…
Interrogarte continuamente sobre qué es la identidad y para qué sirve.
Desear para tus hijas lo mejor, sin tener claro que es lo mejor. ¿Que se sientan africanas, cuando de africano solo tienen las personas que las engendraron? ¿Sentirse europeas, cuando muchos europeos no las reconoceran jamás como tales? ¿No sentirse nada?
– Esperar que sean guapas, simpáticas e inteligentes, para que el mundo “las trate bien” y les “perdone el ser tan negras”. Esperar que salgan cirujanos, cientificos…Sabiendo que eso no asegura la felicidad.

Cuando decidi adoptar me planteé cuáles eran mis limites:
– ¿Un niño que no tenga nuestro ADN? Por qué no… El equilibrio mental de mi familia da asquito, y si vierais a mi suegra…
– ¿Un niño negro? Si, no soy racista, adoptaría hasta un niño suizo y tengo muchos más prejuicios contra los suizos. Ademas el racismo es algo bastante superado en Europa…
Asi que comence con una base errónea y sin pensar en los problemas que podría tener esa personita por el hecho de ser diferente.
Dicen que uno de los elementos fundamentales para crear nuestra identidad es nuestro aspecto exterior, nuestra “raza”. Entonces la “raza”, el “color de la piel”… ¿son importantes? ¡No lo sabía! Asi que voy a hacer el esfuerzo de enseñarle algo de ….su (¿su?) cultura de origen. ¿Pero qué cultura de origen si llegó que no tenía ni un año? No lo sé…Yo, apátrida, no creyente y algo cínica, pero MADRE, voy a tener que enseñarles a querer y respetar un pais que no conocen y –dicho sea de paso– yo tampoco. Mostrarme firme durante la fase del rechazo a los orígenes, hablar siempre con respeto de sus padres biológicos, mostrando siempre comprensión, aun cuando uno no comprende nada…

Ser madre de una niña negra, a veces, muchas veces, duele. Duele por que la quieres, así como es, ¡perfecta!, y sabes que este mundo perfecto no es y la hará sufrir.
Comencé esta aventura de un modo inconsciente e ignorante y no me arrepiento. Porque aunque duela, tambien llena, alegra la vida, te hace pensar, buscar recursos, tener ganas de combatir la injusticia y de cambiar el mundo; en resumen, te entran ganas de ser una persona mejor. Y se me ocurre… ¿y si todos los blancos adoptaran a un negro?

De la Biblioteca de postadopcion.org

Filed under: Uncategorized — Beatriz San Román a las 12:15 am el Jueves, agosto 24, 2006

Nuevos artículos en la Biblioteca de www.postadopcion.org

Aprovechando las noches de insomnio, he preparado algunos artículos más para la Biblioteca de postadopcion.org. Lo malo es que no he conseguido (aún) actualizar la página web para que estén accesibles. 🙁
Los pongo de momento aquí por si alguien se ha quedado sin lectura de verano:
Acerca del TDA. Introducción al tema: ¿Qué es el Trastorno del Déficit de Atención con o sin hiperactividad? ¿Qué lo origina? ¿Cómo se trata? etc.
¿Desatentos o desatendidos? Reflexiones críticas en torno al TDA
Explicar la adopción a tu hijo ¿Debería decirle a mi hijo que es adoptado? ¿Cómo empiezo? ¿Qué pasa si mi hijo se desconcierta?¿Qué pasa si digo algo equivocado? ¿A qué edad debo empezar?
Los retos de la adolescencia. ¿Se encontrará mi hijo confundido en cuanto a su identidad? ¿Emergerá un sentimiento de abandono o de rechazo? En otras palabras, ¿el hecho de ser adoptado hará más difícil la adolescencia para el niño?

M

Filed under: Reflexiones al sol — Beatriz San Román a las 11:27 pm el Miércoles, agosto 23, 2006

Mireia dejó un comentario al post anterior sobre la relación entre TDA y adopción. Visitando algunas webs encuentro lo siguiente:
– Aunque todavía queda mucho por estudiar y avanzar en la materia, los estudios apuntan a que en la mayoría de los casos el TDA es una condición hereditaria.
– Cuando los genes no parecen ser la causa, se apuntan otros factores como el nacer prematuramente, la exposición a drogas o alcohol durante el embarazo o las lesiones post-nacimiento en las regiones prefrontales del cerebro.
Salvo que aceptemos que los niños adoptados se han dado de golpes o que en sus países de origen las embarazadas son alcohólicas, parece que la relación adopción-TDA no tiene base.
Lo que sí parece cierto es que las familias adoptivas en mayor cantidad que otras vemos que nuestros hijos tienen dificultades para seguir el ritmo escolar. Se me ocurren algunas razones:

1. Pensar que un niño que hasta hace dos meses vivía en un orfanato, en otro país, con un idioma distinto, se va a sentar y seguir las clases como sus compañeritos, es ciencia ficción.

2. Se prima la integración en la escuela por encima de la adaptación del niño a su nueva familia y no se les da el tiempo necesario para asimilar todos los cambios que la adopción supone y sentirse seguros en su nuevo entorno. No hay que ser neurólogo ni un lumbreras para entender que un niño inseguro y estresado no está en situación idónea para adquirir nuevos conocimientos.

3. Se confunden con el TDA otros problemas en el aprendizaje como elDéficit Cognoscitivo Acumulativo (en la web de la Asociación Atlas hay mucha información sobre este tema). En resumen de andar por casa: el DCA se produce cuando el cerebro del niño no recibe los estímulos necesarios para desarrollarse adecuadamente y, como resultado, le fallan los cimientos (como las estructuras del lenguaje que nos sirven para elaborar los pensamientos) sobre los que asentar nuevos aprendizajes. En clase, es como si les quisiéramos explicar lo que es una raíz cuadrada cuando no tienen aún la noción de la suma y la multiplicación. Se les exige de acuerdo a la edad cronológica, sin tener en cuenta su desarrollo cogniscitivo, los niños se ven sobrepasados, se desmotivan y dejan de atender.

Después de pasar la tarde leyendo sobre estos temas, mi conclusión es que con demasiada frecuencia al niño que no presta atención se le etiqueta como niño con trastorno de atención. ¿Blanco y en botella? ¡Leche! Y nadie se para a pensar que tras su inatención pueden haber muchos otros factores. Y esto vale también para los no adoptados: es más fácil poner una etiqueta y darle tranquilizantes para que no moleste el ritmo de la clase que buscar la causa y ponerle remedio.

Cuando el colegio es un suplicio…

Filed under: Historias personales,Uncategorized — Beatriz San Román a las 12:48 am el Miércoles, agosto 23, 2006

“Tiemblo solo de pensar que se acerca la vuelta al cole” suspira la madre de Álex (nombre figurado) mientras su hijo y la mía dan balonazos a la pelota.
Álex tiene una mirada azul y profunda, y una hermosa sonrisa de lo más seductora. Aprovechando la intimidad que proporciona un parque desierto, su madre me explica que en estos tres años largos que llevan juntos ha descubierto que el colegio puede ser una forma de tortura. En realidad, los colegios, así, en plural, pues en septiembre probarán suerte en un tercero después de salir escaldados de otros dos centros.
“En el último, nos pusieron entre la espalda y la pared: o medicáis MÁS al niño para que se tranquilice, o lo cambiáis a otro colegio. El nuevo psicólogo que nos está ayudando nos dijo que eran unos irresponsables, y que mejor para el niño que estuviera alejado de ellos. Y es que ésa es otra, nos ha costado mucho dar con un especialista que entienda nuestro caso, ¿cuánto tiempo habrá de pasar para que los terapeutas se enteren de lo que significa la adopción para un niño?”.
La escucho, ¿qué otra cosa puedo hacer? No soy una especialista, ni tengo experiencia en el tema, pero entiendo su desesperación. No puedo evitar acordarme de otros padres que me han contado experiencias parecidas, de la desesperación de esa madre que me explicaba que vive como un triunfo las escasas ocasiones en que no derrama una lágrima al ir a buscar a su hijo al colegio.
De vuelta a casa, busco información sobre el tema. Hay mucha, parece que lo de la Hiperactividad y el TDA(Trastorno del Déficit de Atención) es como una epidemia, aunque también hay voces críticas que señalan que con esas siglas se forma un cajón de sastre en el que cabe de todo, y que con frecuencia esconde la incapacidad de los docentes para motivar y enseñar a un niño.
Pronto colgaré en la Biblioteca de Postadopcion.org un par de artículos sobre el tema (primero tengo que repasar las lecciones de html). De momento, pongo enlaces desde aquí:
– el primero es una Introducción al TDA/H publicado por el National Resource Center on AD/AH
– el segundo, unas reflexiones críticas sobre el TDA que sugieren que los trastornos de desatención esconden con frecuencia las carencias en la atención que los niños reciben por parte de los adultos que los rodean.

Después de leer un montón de información sigo sin tener las ideas demasiado claras. Pero tiene razón la madre de Álex en que no nos vale cualquier especialista, por mucho que sepa de TDA o lo que sea para tratar a nuestros hijos. Los padres deberíamos montar una web con las referencias de profesionales solventes y conocedores de la adopción que puedan ayudarnos. En base a mi experiencia y a la de familias cercanas, apunto dos nombres:
– en MADRID: Lila Parrondo
– en BARCELONA: CRIA (Associació CRIA Familia i Adopció)

Saludos filipinos y web de CORA

Filed under: Uncategorized — Beatriz San Román a las 2:21 pm el Sábado, agosto 12, 2006

De vuelta de las vacaciones, encuentro en el buzón ciento ochenta y siete mails por abrir. Buff, ¡menos mal que solo me he ido ocho días! 😉
De entre todos ellos, destaca uno de Concha, la madre de Kyle. Pronto se cumplirán tres años del día en que nos conocimos en la lista de Haití, aunque luego el destino quiso que Concha encontrara a su hijo en el Pacífico.
Junto a un grupo de padres que han adoptado en Filipinas ha puesto en marcha la página de TULAY, desde donde comparten información y apoyo con otras familias. Tulay significa puente, y eso es precisamente lo que este blog puede significar para muchos niños filipinos que necesitan una familia.
Navegando por el enlace que me envía Concha, me viene a la cabeza la multitud de gente maravillosa y de información valiosa que internet me ha proporcionado en los últimos cinco años. En la Red he encontrado siempre que lo he necesitado una palabra amiga, un consejo acertado, la respuesta a una duda que me corroía… Detrás, personas que muchas veces ni siquiera conozco, pero que me han hecho la vida más fácil y, sobre todo, me han enriquecido con su generosidad sin límite.
Para aquellos que se inician en el proceloso mundo de los embarazos burocráticos, recomiendo fervorosamente la la web de CORA, con la mejor y más actualizada información sobre la adopción en España.

Problemas con los formularios de la web

Filed under: Uncategorized — Beatriz San Román a las 11:03 pm el Martes, agosto 1, 2006

Será por el calor, o por la ley de Murphy, pero justo ahora que estamos a punto de cerrar una semanita por vacaciones, los formularios de la web postadopcion.org se han escachifollado y no nos llegan ni los comentarios, ni las suscripciones ni los pedidos de libros (salvo los de Visa).
Con Jordi de vacaciones, llamo de urgencia, como siempre, a los amigos de Las Indias. Gracias, chicos, me tomaré un ribeiro a vuestra salud 😉
A la vuelta, esperamos encontrar de nuevo los buzones de la web llenos de mensajes y tiempo para contestaros a todos. ¡Feliz verano!

Momento "orgullo-de-madre"

Filed under: Uncategorized — Beatriz San Román a las 11:01 pm el Martes, agosto 1, 2006

Posteado el 14 de julio y posteriormente perdido y rescatado

Una de las cosas más guapas de ser madre (o padre) es que donde menos te lo esperas salta un momento mágico, incluso en una mañana (¡otra más!) de colas y papeles.

He ido con mi hija de cuatro años a solicitar su DNI, le han pedido que firme el impreso, y a ello que se ha puesto con una meticulosidad y cuidado dignos de mejor causa. A la funcionaria de la comisaria se le ha ocurrido comentar “anda que… ¡vaya nombre más largo te eligió tu mamá!”. Daniella sin levantar la vista le ha contestado que no se lo había elegido esta mamá. La curiosa funcionaria seguía insistiendo y preguntando hasta que la niña, con ese tono entre disciplente y descarado que usan los adolescentes con los que antes se llamaban “carrozas”, le ha explicado que se lo había elegido su otra mamá, y que sí, que ella tiene dos mamás, y, en el momento en que la buena mujer me escudriñaba para tratar de adivinar qué tipo de lesbiana soy, le ha aclarado con un tono de no-te-enteras-contreras: “la de Haití y ésta”.

Y “ésta” se ha quedado enmudecida por el orgullo de madre y por la capacidad de los niños de entender claramente realidades que a los adultos se nos antojan complejas. Estoy segura que su “mamá de Haití” también se hubiera sentido muy orgullosa si la hubiera podido ver.