La aventura continúa

Postadopción Blog. Nadie sabe más que todos juntos.

Filed under: Stephanie — Beatriz San Román a las 11:37 am el jueves, julio 27, 2006

Por STEPHANIE

<img id="image15" src="http://blog.postadopcion.org/files/2006/07/membrillinas.jpg" “Stephanie y Madot”

Por fin ya me he recuperado como para ponerme un ratito ante el ordenador para contaros algo. Si he de ser sincera, no ha sido por falta de tiempo, porque la niña es una delicia que realmente me lo pone muy fácil. Come sin problemas, duerme, sonríe, gorjea, ensaya grititos y ruidos, se mete la mano en la boca(metiéndose de paso el dedo en el ojo) y sigue durmiendo.

Lo que me ha consumido estos días ha sido una pereza inmensa. Los nervios de la preasignación, los preparativos del viaje, la estancia en Addis… Cuando llegué a casa, sólo quería estar tranquila. Preferentemente, tirada en el sofá. El primer día sufrí una invasión de visitas y llamadas, ¡como le ha pasado a todo el mundo! Reaccioné más o menos pronto, y tras ponerme algo borde, me encerré en casa para disfrutar de esa calma que tanto necesitaba. Creo que no soy la única que ha necesitado ese respiro: ¡todas las que ya han vuelto con sus hijos me han dicho lo mismo! Por tanto, aviso a las que vienen por detrás: al regreso, cread barricadas, convertid a amigos en guardias de seguridad y no dudéis hasta en ser algo maleducadas si queréis tener algo de paz. Que no pasa nada por esperar unos días – o unas semanas – para que conozcan a vuestros pequeños, que al fin y al cabo, son para toda la vida.

Mis sentimientos maternales están llegando de forma gradual. Por un lado, sigo sin dar crédito de tener una bebota tan perfecta. Me preparé para un niño más mayor, con problemas de vinculación y de salud, y me he encontrado con un bebé de ensueño. ¡Creo que aún no me hago a la idea! Se deja besar, achuchar, apretar, duerme como un lirón, come sin problemas… Es increíble. Me tengo que contener para ser sensata y no tenerla en brazos todo el tiempo, que es lo que me pide el cuerpo – ¡y que ella se deja hacer feliz!.

Quizás por lo fácil que me lo pone, aún me cuesta un poco acostumbrarme. En Addis Abeba sólo tenía que ocuparme de ella, pero al llegar a casa, he caído en viejos vicios. Me sigo acostando tarde; creo que tardo lo mismo en arreglarme para salir a la calle que antes; se me olvida comprar agua mineral para los biberones; creo que el tiempo me va a cundir igual que antes… Pero tampoco me preocupa nada: sé que pura cuestión de tiempo y de crear nuevas rutinas. Vamos a concedernos estos momentos y dejar que todo fluya.

Os confieso que incluso pensé que aún no me sentía especialmente maternal porque me notaba muy tranquila, muy relajada, y hasta me molestaban tonterías como que me interrumpiera cuando estaba leyendo. Sin embargo, hoy la he llevado a vacunar y me he descubierto a mí misma convertida en un ser histérico, incapaz de ver cómo le metían tres ¡enoooooormes! agujas a mi pequeña. Yo, que nunca le he tenido miedo a nada, me he pillado huyendo e incapaz de ver cómo la pinchaban. Es más: me avergüenza decir ¡que casi me echo a llorar! Pelín patético, lo confieso.

Quizás todavía tenga que procesar demasiadas emociones. Por un lado, el viaje a Addis. El encuentro cara a cara con la miseria descarnada (la ciudad es tremenda, pero salir al campo, con niños de 5 años cuidando del ganado; niñas de 4 con sus hermanos cargados a la espalda; mujeres acarreando montones de leña tres veces más grandes que ellas; hombres arando una tierra tan fértil con dos bueyes famélicos y un arado de leña…), con la pobreza más abyecta es muy dura. Tras el shock inicial, me dí cuenta que era capaz de enfrentarme mejor a ella mirándole cara a cara. No le retiré la mirada a los mendigos, y a la legión de niños que piden a la puerta del hotel les pregunté su nombre y hablé con ellos. No lo sé: fue duro, pero más fácil de llevar que ignorarlos. Aunque aún no sé que es peor: si ver a niños de apenas 4 años ya encallecidos, con la mirada más dura que he visto jamás, o una niña de once que vuelve a ti no a por más comida (en vez de dar dinero, compramos paquetes y paquetes de galletas y cacahuetes), sino a por otra caricia. A los cuatro días, cuando de repente me encontré rodeada de ellos y chillándole al más mayor porque se había quedado con las galletas del pequeño, pensé que me había acostumbrado a esta situación, pero fue sólo un lapso. Al día siguiente, otra mirada de niño, o un leproso, o un joven con una mano con nueve dedos, te rompe en dos, te quiebra y te deja indefensa. Aunque lo peor era estar en un taxi con mi niña, tan bonita, tan preciosa, y que en la ventana apareciera una adolescente de apenas 14 años con un bebé como el tuyo colgado a la espalda, aún chupando de su flaca teta. El biberón de la noche era tremendo: tenía que volver la cabeza para no mojar a mi niña con las lágrimas que caían imparables.

Aún lloro a veces al recordar algunas imágenes. Y me alegro. No quiero acostumbrarme nunca a nada parecido. Quiero que me duela. Quiero enfadarme. Quiero que me impulse a hacer cosas. Y me niego a que me parezca normal o inevitable. Creo que conocer ese tipo de pobreza puede ser un regalo si me sirve para resituarme en el mundo. Ayuda a relativizar todo y centrarse en lo básico y esencial. Te lleva directamente al esqueleto de la vida, y te quita mucha tontería.

Frente al horror, no faltan historias enormes, de una dignidad ejemplar. Por ejemplo, la de la española que totalmente sola ha montado un orfanato en las afueras de Zway y que saca adelante a 30 niños con sus manos. O nuestro taxista, Berhanu, decidido a que su única hija sea doctora. La de la encargada de la peluquería del hotel, una madre soltera en Africa que saca adelante a su hijo de 12 años a pesar del estigma social que supone serlo; el de uno de nuestros representantes, Teddy, que ha recuperado la casa que confiscaron a su familia hace 20 años tras asesinar a su padre para crear un orfanato para niños y para ancianos; o a Gil Losada, fundador y alma de Global Infantil, ONG española que tiene un hospital / clínica / escuela / orfanato para 104 niños, desde lactantes hasta chicos de 20 años a los que cría, cuida y educa hasta darles una formación profesional, y que está construyendo ahora otro en Harar, una de las zonas de sequía que tan tristemente famosa hace a Etiopía cuando les azotan las hambrunas regulares. (Podéis ver lo que hace o echar una mano en la página www.globalinfantil.com )

Muchos de nuestros hijos e hijas vienen de zonas igualmente pobres. Para mí, es un motivo más de compromiso con el país de mi hija y con lo que allí he visto.

Sin embargo, he de decir que a pesar de las lágrimas y de la conmoción, los días en Addis fueron especiales porque se convirtieron en una burbuja donde no tenía más que ocuparme de mi pequeña. (Una buena amiga se encarcó de recordarme lo especial de ese momento) No había compromisos familiares ni sociales, ni tareas que cumplir, ni trabajo del que preocuparse: quise disfrutar de cada momento para ir conociéndonos sin estrés, sin mirar el reloj, para ir viviendo las cosas tal y como venían. Me encontré acostándome a las nueve de la noche por primera vez en mi vida o haciendo el vago desde el bibe de las seis hasta el de las once (¡qué placer!). Y además, tuve la inmensa, enorme suerte de llevar al acompañante perfecto, alguien que hizo lo más difícil: no cuidó al bebé, sino a mí. Una persona que llevó gran parte de la carga, tanto física (¡esas maletas, ese bolso lleno de cosas!) y emocional. Os confieso que me ha costado un pequeño disgusto familiar no llevar conmigo a mi hermana o a mi madre, pero tomé la decisión correcta. Ellas decían que así me ayudarían con el bebé, pero lo cierto es que ellas tendrían que haber conocido a la niña poco a poco al igual que yo. Y esa tarea me correspondía a mí. Sólo cuando ya estableciéramos contacto podríamos empezar a abrirnos al resto de la familia, como de hecho ha sucedido. Ha sido importante, tanto para ella como para mí, que al llegar a España ella pudiera estar tranquilamente en brazos de otros, pero volverse al oír mi voz.

Como veis, al volver aún quedan muchas cosas que tripear y asimilar. ¿Es de extrañar que se necesite tiempo de tranquilidad al llegar?

Con el d

Filed under: Historias personales — Beatriz San Román a las 11:32 pm el jueves, julio 13, 2006

Fue un 12 de julio, ayer se cumplieron tres años. A las 7.30 de la mañana, el avión despegó de Miami con destino a Puerto Príncipe. Como todas las madres en las horas previas a ver la cara de su hij@ por primera vez, sentía fuertes contracciones. Estomacales, pero contracciones al fin y al cabo.

A pie de avión, nos entregaron las maletas y cruzamos a pie la distancia que nos separaba de la terminal del aeropuerto. Recuerdo el impacto de la luz en mi retina y la lucha por mantener los ojos muy abiertos y tratar de grabar cada imagen en mi memoria. También recuerdo la sensación de sobrevolar, como en un sueño, lo que ocurría a mi alrededor, como si todo transcurriera a cámara lenta y sin sonido: el abrazo emocionado con Suzette, su sonriente “let’s go to the car”, su espalda mientras avanzaba decidida abriéndome camino entre la gente…

Tres minutos después, llegamos al desvencijado 4×4 donde esperaba Lamar, quien tras las presentaciones y los abrazos abrió la puerta trasera del coche y con la sonrisa y la mirada chispeante de un niño travieso me dijo “aquí hay alguien que te está esperando”. Y sí, allí estaba ella, “arregladita como pa’ ir de boda”, sudando como un pollito en su vestido de volantes, y con cara de no entender nada. Recuerdo la emoción de tomarla en brazos, sus pequeñas manos aferrándose a mi cuello, su ceño fruncido… También la rapidez con la que se quedó dormida apenas arrancó el coche. Haití es un país que te atrapa antes del primer parpadeo, lleno de colores vibrantes desconocidos en la guía Pantone. Pero de ese primer trayecto por carretera, apenas recuerdo instantáneas sueltas del paisaje. Embotada por sensaciones y emociones totalmente nuevas, apenas podía apartar unos segundos la mirada de esa pequeña que dormía profundamente en mi regazo, ¡mi hija!

Los días que siguieron fueron mágicos e intensos. Ahora, al recordarlos, pienso también en su madre biológica, en el regalo inmenso que le hizo a mi vida, en lo injusto de un mundo que no le dio la oportunidad de disfrutar viendo crecer a un ser tan hermoso. Dicen los libros de los psicólogos que los padres adoptivos tenemos sentimientos confusos en este terreno. Me imagino que se refieren a la necesidad de asimilar que lo más bello de nuestra vida llegó a nosotros porque el mundo es cruel e injusto. Por eso, sentimos una punzada en el estómago cuando nos dedican uno de esos odiosos comentarios del tipo “qué obra más bonita has hecho”. Que nadie se engañe, ser padre por el camino que sea no es una acción solidaria. Si realmente fuera esa nuestra motivación, bastaría con haber enviado lo que nos gastamos en tabaco para que nuestros hijos crecieran en el entorno que les vio nacer. No, la adopción internacional no es un acto de solidaridad ni una buena obra; en términos de “justicia mundial” no es sino un mal parche a una situación que nunca debiera darse.

R

Filed under: postadopcion.org — Beatriz San Román a las 7:38 pm el martes, julio 11, 2006

El pasado mes de mayo, la web de postadopcion.org batió un nuevo récord de visitas mensuales: ¡4.215! (No está mal si se tiene en cuenta que la cifra anual de adopciones internacionales ronda las 5.000).
Han sido innumerables los mensajes de apoyo y agradecimiento que he recibido, y que solo me corresponden en una pequeña parte, así que aprovecho para hacer reparto entre los pilares básicos del proyecto:
JORDI: el supermega bibliotecario y programador de la web de postadopcion.org . Es una de esas personas maravillosas que a veces los duendes del destino, cuando se siente especialmente generosos, nos ponen en el camino. Envidio a sus clientes (Jordi se dedica a algo que se llama “outsourcing”), porque además de ser trabajador y eficiente, es capaz de generar grandes olas de entusiasmo. Sin su proverbial marea de buen rollito y apasionamiento, ni el libro online, ni la Biblioteca Virtual sobre temas de adopción hubieran existido jamás.

STEFANIE: traductora incansable y compañera cibernética de largas noches –y risas– a pie de teclado. En estos momentos, en Addis Abeba, tratando de no gastar a besos (no en demasía, al menos) a esa preciosidad de hija con la que por fin ha podido reunirse.

LAS TRADUCTORAS ESPONTÁNEAS: Personas fantásticas, a muchas de las cuales ni siquiera conozco, y que se han quitado tiempo libre y horas de sueño para traducir uno o más artículos para la Biblioteca. Son la constatación palpable de que gracias a internet y a gente como ellas los esfuerzos individuales redundan en beneficio de muchos. Es lo que tiene el ciberespacio, que cada granito de arena crea ondas expansivas y multiplicadoras.
La lista no estaría completa sin, por supuesto, los amigos de Las Indias, que una y otra vez nos han empujado hacia adelante y nos han reparado más de una vez las naves tras los ataques de los bucaneros que surjan estas aguas. Y, también, mi socio y compañero que me cubre las espaldas y me deja escaquearme de las tareas domésticas que me tocan cuando los días encogen…

La raza humana

Filed under: Reflexiones al sol — Beatriz San Román a las 6:34 pm el martes, julio 11, 2006

Recientemente los científicos han cuestionando la validez del término “raza” para aplicarlo a la especie humana, pues las variaciones genéticas entre unos y otros grupos de individuos no son suficientemente significativas. ¿Debemos de acuerdo a los progresos de la Ciencia eliminarlo también en el habla no-científica? La cuestión ha despertado numerosos debates entre la comunidad de padres adoptantes. Hay quienes consideran que el término es ya hoy anacrónico, y se sienten ofendidos cuando se considera a su hij@ “de otra raza” por tener una herencia genética asiática o africana.

El debate tiene más miga de la que aparenta. La R.A.E. define raza como
“Cada uno de los grupos en que se subdividen algunas especies biológicas y cuyos caracteres diferenciales se perpetúan por herencia”. Está claro que mi hija comparte con Sydney Poitier o con Etoo unos rasgos transmitidos en su herencia genética. La cuestión es si el tono de la piel o la textura del cabello son o no son “diferenciales”. ¿Qué entendemos por diferenciales? ¿Lo que marca una diferencia cualquiera? ¿una diferencia “esencial? ¿Lo son el color de la piel, la textura y color del pelo o el de los ojos? Mi cabello –rizado y oscuro– se parece al de mi hija mucho más que al de mi vecina, tan rubia y alemana ella. Lo mismo puedo decir del color y la forma de los ojos…

Al hijo de otro de mis vecinos –un chaval negro y fuerte que mide 1,85 m.– le para la policía una semana sí y otra también para pedirle la documentación. A él no le importa si la raza humana es una sola, pero tiene claro que, en demasiadas ocasiones, la gente le juzga antes de conocerle simplemente basándose en su físico.

Las familias que tenemos hijos… ¿cómo decirlo? ¿puedo decir aún “de otra raza” o mejor algo como “con características físicas que denotan que pertenecen a otro origen genético”? –oh, oh, esto empieza a parecerse peligrosamente a los dodecasílabos de lo lo políticamente correcto–… Para entendernos: las familias que hemos adoptado en Asia, África, etc. estamos acostumbradas a que nuestro aspecto llame la atención. Coleccionamos estupidiarios de todas las barbaridades que nos dicen o preguntan auténticos desconocidos y nos vemos forzados a desarrollar estrategias de respuesta que protejan tanto la intimidad de nuestros pequeños como su autoestima. Y sabemos que tenemos que prepararles para los múltiples incidentes “raciales” (¿debería decir “derivados de los prejuicios y estereotipos ligados a sus rasgos físicos”?) que vivirán cuando crezcan y vuelen en solitario.

Como madre, no me quita el sueño la utilización de la palabra raza, mis desvelos van por otro lado. Una joven adoptada de pequeña en Brasil describía Madrid como un lugar hostil, donde apenas ponía un pie en la calle notaba miradas de desconfianza cuando no de abierto desprecio. De niña, paseando junto a sus padres, seguramente llamaba la atención, pero no había sentido esa hostilidad que ahora, al empezar su vida adulta y andar por la vida en solitario, se hace dolorosamente patente. ¿Seremos capaces de asumir que con toda probabilidad nuestros hijos se sentirán en algún momento discriminados? ¿Seremos capaces de entender su dolor y su ira? Y lo que es aún más importante, ¿seremos capaces de ayudarles a desarrollar una sana identidad y hacer frente a los prejuicios?